La noche en la que el mítico Evaristo Páramos de La Polla Records, se despidió de Bogotá
- Kelly Aljure Sanchez
- 26 may
- 4 min de lectura
Actualizado: 27 may
El viernes 1 de mayo, fue una de las fechas más importantes para Bogotá. Mientras las calles de Bogotá aún respiraban el eco de las marchas del Día Internacional del Trabajo, en el Royal Center de Chapinero, Evaristo Páramos quedó en la memoria de cientos de bogotanos.

Foto por: SpaceCat Zuluaga
El calendario marcaba el viernes 1 de mayo, una fecha empapada de lucha, resistencia y memoria obrera. Mientras las calles de Bogotá aún respiraban el eco de las marchas del Día Internacional del Trabajo, en el Royal Center de Chapinero se encendía una hoguera de despedida que solo la euforia más pura y descarnada podía convocar. Cientos de almas apretadas, sudorosas y expectantes abarrotaban el lugar, no por simple entretenimiento, sino por la urgencia visceral de acompañar a Evaristo Páramos, el mítico vocalista de La Polla Records, en su última visita a Colombia. Una última bocanada de aire compartido para decir adiós a una leyenda que nos enseñó a escupir verdades, cerrando más de cuatro décadas de hermosa blasfemia en una velada íntima y eterna.
Para entender por qué el nombre de Evaristo está tatuado en las entrañas de la música en nuestro lenguaje, hay que viajar a diciembre de 1979, en Salvatierra, un pueblo pequeño y aislado de apenas cinco mil habitantes en Álava, el lugar que vio nacer a La Polla Records. En una España gris que intentaba imponer un pacto de silencio tras la dictadura franquista, estos muchachos de provincia rompieron la quietud a patadas. Aunque Evaristo nació en Galicia, su sangre y su hogar se forjaron en el País Vasco, reconociéndose como gallego-vasco. En esa esquina del mundo, el euskera y la identidad vasca no son adornos; son trincheras de resistencia cultural, un grito de contrahegemonía que se niega a ser domesticado por el centralismo y el uniforme del Estado.

Foto por: musicshots.media
La Polla Records, y luego el veneno de bandas como Gatillazo, The Kagas, The Meas y Tropa do Carallo, formadas por el propio Evaristo, convirtieron el dolor y la rabia de clase en un sarcasmo afilado como una navaja. Evaristo bajó la crítica social de los pedestales académicos y la arrojó al lodo de la calle, usando un lenguaje mordaz que desprograma cabezas. Esa semilla cayó con fuerza en el asfalto bogotano. Bandas locales como Ministerio de Vagancia (Bogotá), y el pulso histórico de agrupaciones como Peste Mutantex (Medellín), aprendieron de él que la ironía política y las melodías entrañables eran las mejores armas para narrar la violencia y el hastío de nuestros propios barrios. Mirar hoy su despedida desde la distancia es entender su verdadera dimensión: el triunfo de un hombre que esquivó las trampas del ego del rock para quedarse fiel a los suyos, a los de abajo.
Esa fidelidad inquebrantable se materializó en hechos inolvidables sobre el escenario, como cuando el clímax del desahogo colectivo llegó no de forma ensayada, sino con la brutalidad del instante. Mientras la multitud gritaba contra la alienación y la falsa democracia ceremonial invocando el himno de himnos, 'Ellos dicen mierda', el cielo de Bogotá pareció escuchar y una avalancha de gritos estalló sobre el lugar, bautizando el caos con una comunión perfecta. En ese preciso momento de conexión absoluta, Evaristo —cargando en su cuerpo encorvado sus 65 años de historia y excesos— saltó al vacío hacia los brazos de su gente. Navegó sobre un mar de manos que lo sostenían como a un santo pagano, cantando de frente a los ojos de perfectos desconocidos que se reconocieron como hermanos de la misma derrota, dejando el testimonio vivo de que la actitud jamás se jubila.

Esa misma fuerza mística y blasfema se sintió cuando el tiempo colapsó por completo al sonar los primeros acordes de 'Salve'. Las gargantas de cientos de personas estallaron al límite, escupiendo a pleno pulmón una feroz declaración contra el dogma y el miedo religioso. Ese estallido nos devolvió de golpe a 1984, el año de aquel primer disco de La Polla Records, recordándonos que este gallego-vasco ya llamaba ladrones a los banqueros y denunciaba la estafa inmobiliaria cuando las heridas de nuestro sistema apenas empezaban a asomarse, demostrando que sus viejas verdades siguen quemando hoy con la misma furia irreverente.
La noche también se fracturó profundamente cuando, tras desenterrar los temas más oscuros y paródicos de su archivo, la masa humana se volvió un auténtico hervidero con 'Esclavos del siglo XXI'. Sin metáforas tibias ni poesía barata, las letras escupieron la realidad de millones de personas marginadas por un trabajo de mierda y un amor aplastado por impuestos y deudas. Ese corte fue el puente exacto donde se encontraron los veteranos curtidos que crecieron con casetes pirateados y los jóvenes que apenas despiertan a la realidad de que el sistema sigue siendo la misma porquería de siempre, fundiendo dos generaciones en un solo puño al aire.

Foto por: musicshots.media
Toda esta catarsis demuestra que la historia entre Evaristo y Colombia está cosida con el hilo clandestino de las grabaciones piratas, los fanzines fotocopiados y una educación sentimental forjada en la pura rebeldía. Durante décadas, su llegada parecía un milagro inalcanzable, siempre amenazado por el fantasma de los naufragios logísticos del punk latinoamericano, los conciertos clausurados a última hora, una maldición histórica que revivió con fuerza este 2026, cuando en cuestión de días se desplomó su regreso al continente tras cancelarse a último momento su show en el Movistar Arena de Buenos Aires y sus esperadas fechas en México, incluyendo el festival Rockout. Sin embargo, el viejo obrero autodidacta cumplió la promesa y saldó las deudas con nuestra juventud en su gira de despedida por Bogotá.
Verlo quebrar la noche bogotana con un arsenal de himnos implacables durante dos horas completas se sintió como el tributo definitivo a quien nos enseñó a escupir el desencanto. El tiempo hoy le cobra factura a sus huesos y a su piel gastada, pero su garganta aún guarda ese rugido áspero y profano, el de un viejo hereje incorregible. Nos habita ya la memoria eterna de un trabajador que masticó a Marx en la hostilidad de una cementera y decidió dinamitar la escalera del éxito en lugar de treparla. Evaristo Páramos se baja de nuestras tarimas, pero su herida sigue abierta: late con fuerza en el pecho de los desadaptados y se queda a vivir, para siempre, en el asfalto de la ciudad.

Foto por: SpaceCat Zuluaga
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