Crudo Means Raw cambió para siempre: anotaciones de una noche ambigua en el Movistar Arena
- Sebastián Narváez Núñez

- 16 abr
- 5 Min. de lectura
Después de más de una década desde que irrumpió como parte del fenómeno de la nueva sangre del rap paisa, Crudo Means Raw llegó a su primer Movistar Arena en Bogotá con un setlist variado que aunque repasó parte de su discografía, se sintió extraño y distante y que más allá de representar un regreso sólido demuestra que, para muchos, Crudo cambió para siempre.

-Narva, quiero escuchar tu opinión, ¿qué te pareció?, me pregunta Santiago Cembrano a las afueras del Movistar Arena.
-Todavía lo estoy procesando, le respondo.
Creo que estuvo raro, lo sentí distante, le digo.
-Yo creo que para ser el día más importante de su vida, no parecía muy emocionado, remata Santi.
Ambos coincidimos en eso.
Mientras el Movistar Arena se vacía después del concierto, afuera los puestos de perros calientes y hamburguesas, las casetas de cigarrillos y los que venden merch pirata suenan en pequeños parlantes canciones de Crudo, algunas de las que acabamos de escuchar, otras que no entraron en el setlist. “A mí más allá de todo, me parece que no supo aprovechar el tiempo, le sobró como media hora de show, pudo haber hecho más, ese es mi único comentario”, me dice Laura mientras busca una aromática entre el comercio informal de la calle.
Hay para quienes tras el show del pasado 10 de abril en el Movistar Arena se completó el círculo que marcaba el regreso indiscutible de Crudo Means Raw y hay para quienes Crudo nunca volverá a ser el de antes y esta misma noche lo confirmó.
Para nadie es un secreto que tras la publicación de su esperado disco Esmeraldas de 2020 y la pandemia que lo siguió, la figura de Crudo ha venido alejándose del galán montañero, carismático y de barrio, “calle pero elegante”, como diría Tego, y se ha convertido en un ser críptico e indescifrable, que se comunica en códigos de salmos y versículos de biblia, y que en todo caso se siente distante, parco. Quizás sean nervios, pero nadie que lo haya visto en vivo antes de la pandemia, puede negar que algo en su actitud cambió para siempre.

“¿Cómo así que está sonando ‘No Copio’ y nosotros en la fila aún? ¿Qué está pasando?”, me dice Mateo pasadas las 9 de la noche. “Acabo de ver que en las demás entradas todavía hay filas de gente”, remata. Adentro el ambiente es ensordecedor. Se escuchan gritos y chiflidos desde afuera. Se alcanza a colar un fragmento más entendible de la canción cuando se abre una de las puertas de la platea del primer piso. No han pasado 15 minutos y ya han sonado “No Copio”, “María” y “Reina Valera”.
La sensación de éxtasis se siente afuera. El FOMO también.
Crudo siempre ha ido contra la corriente. Si alguien le dice que la peor fecha para publicar un disco es el primero de enero, esa es la fecha que va a escoger. Si alguien le dice que la expectativa de un disco son dos sencillos y un focus track, él hace lo contrario, publica todo un disco de sencillos y deja un par de temas nuevos para el disco completo. Si alguien le dice que el dembow sintético y alternativo que está haciendo en 2018 lo puede catapultar comercialmente, él se encierra para confrontar su sueño y decide abrirse a un camino espiritual. Por eso no sorprende que dentro del orden de la noche haya decidido empezar con algunos de los totes de su catálogo, cumpliendo con el dicho de “al que madruga Dios lo ayuda”, y soltando las bombas desde el principio.
Obviamente el “Número 1 dar las gracias, camina mirando pa’ arriba no con arrogancia” debió sonar absolutamente memorable esta noche en el Movistar Arena y no era para menos.
Durante poco menos de hora y media, la Nave Madre que oscilaba entre las diferentes galaxias de la discografía de Crudo tuvo momentos de éxtasis y bajones. Hubo de todo para todos y todos tuvieron qué comer, así por momentos la porción pareciera insuficiente.
Hubo temas de Todos tienen que comer y de Esmeraldas, de War Dog y de Receso Solo, de La Infusión y de Nave Madre. Para quienes les quedaron faltando temas como “Horas Extra”, “DMT”, “Será Será”, “Día Uno”, “Desvaneciendo” o “Benny Blanco”, esta noche fue la confirmación de que hay ciertos lugares del pasado que Crudo pareciera querer evitar porque corresponden a otro momento de su vida, aún cuando fue justamente esa primera discografía con la que se abrió puertas en una ciudad como Bogotá y gracias a la cual está logrando su primer Movistar Arena.

Sea como sea, si antes en sus presentaciones en tarimas de festivales como el Cordillera la excusa era de tiempo, con el Movistar Arena se confirmó que aún teniendo tiempo de sobra, hay una etapa y un catálogo al que solo podremos acceder a través de plataformas digitales, mientras es cada vez más claro que nos podemos estar despidiendo en vivo de aquellos himnos que marcaron una etapa en quienes vivimos de primera mano ese fenómeno entre 2015 y 2019 del nuevo rap de la montaña.
Quizás el problema somos nosotros que añoramos con nostalgia esos temas versus el catálogo actual de Crudo o todo lo que ha representado su etapa post Esmeraldas. Y no es que no nos guste lo nuevo, simplemente no ha tenido el mismo impacto cultural de lo que muchos han venido reclamando como el regreso de Crudo a esa soltura, esa sagacidad, ese egotrip y esa crónica de ciudad hecha música, quizás eso es lo que realmente nos hace falta.
***
-¿Qué opinas del cambio de la letra de “Hubiera”? Yo sí extraño el “amanecí odiando mi sueño, esa mierda solo trae estrés”, me dice Santi Cembrano.
-Yo le doy el beneficio de la duda, le respondo. Siento que su música está viva y que va mutando con él.
El hecho de que ahora la letra diga “amanecí amando mi sueño” y que haya gente que lo note, significa que también esa gente puede ver su evolución y cómo en una década de trabajo y constancia ha pasado de refunfuñar sobre lo que ama así implique sacrificios, para encontrar en el amor la fuerza creativa para volver siempre a la música, así “esa mierda solo traiga estrés”. Y el solo hecho de cambiar un verbo de presente a pasado como cuando dice “juré lesionar a quien se me interpuso en poner a vivir a mamá con sus comodidades”, habla de la consciencia de la partida de su madre, desde un lugar de reconocimiento por lo que se hizo en vida.
Y estos, aunque sean detalles en apariencia mínimos, hacen de Crudo un perfeccionista que siempre ha sido y que siempre se ha cuestionado por la trascendencia de su arte, la evolución de su música, y el significado de cada palabra que ejecuta con su particular delivery.
Si bien hay mucho que es evidente que ha cambiado en Crudo, hay algo que se mantiene intacto y es su capacidad de convertir todo en un collage. Hacerse de recortes sonoros para crear piezas sobre las que fluya su música en la que habita el golpe de la marimba y los beats de bombo y caja, donde habitan los sintetizadores lisérgicos y los cortes de dembow experimental, el rap estricto y los himnos generacionales.
Al igual que lo hizo en sus años dorados extendiendo puentes entre raperos y reggaetoneros, entre beatmakers y productores de hits, asimismo se siente escucharlo transitar entre ritmos y atmósferas, acompañado por La Tifa Reggae y Carola de Nadie en los coros, Adán Naranjo en la ejecución multi instrumental de guitarra, sintes y marimba y Ari Deejay en las tornas.
Un ensamble minimalista visualmente, con tres islas detrás suyo en las que habitaba lo digital y lo análogo complementándose entre sí y dialogando con visuales que podían ser un atardecer sobre las nubes o una playa con palmeras y mar en 8Bit, tomas cenitales de una ciudad alumbrada por bombillos diminutos desde el cielo y galaxias que se conectaban con un aro de luz que proyectaba una especie de diamante que apuntaba a él mientras por momentos la cámara de humo nos acercaba más a una escena de lo divino que de lo terrenal.
Solo después de procesarlo con los días, de volver a sus clásicos y de hacer una retrospectiva de su carrera, es que uno entiende y reconoce esa capacidad de fragmentarlo todo, de enunciar con guiños versos de canciones que hubiéramos querido escuchar completas como “Sangre en el Pool Party” o “Sound Healer”, haciendo de su setlist un repaso amorfo de su discografía y aún así entender que después de un punto, un artista escoge la música que quiere que lo acompañe en vivo y uno desde abajo de la tarima decide cómo llenar los huecos de los faltantes, porque no se le puede dar gusto a todo el mundo.
Al final de la noche, más allá de los gustos y la selección de las canciones que ha venido y seguirá presentando en vivo, lo que nos queda claro es que estamos frente a un Crudo similar en esencia, pero distinto en forma. Atrás quedaron las tarimas pequeñas en las que se subía a rapear con colegas en parche, como si fuesen la Wu-Tang Clan en un cypher exquisito. Atrás quedaron también los discursos reflexivos y los momentos de egotrip y pensamientos de tarima. Su carisma que rayaba en el coqueteo se desplazó para darle paso a un MC por momentos estático y encerrado entre sus múltiples capas de chaquetas, gorras, sombreros de ala corta y gafas. Casi que pareciera pasar desapercibido, mientras está ahí encima repartiendo skills y barras.

Quizás Crudo haya cambiado para siempre, pero al menos nos queda el refugio que es su música, a la cual podemos volver siempre para recordar al Crudo que a cada quien le haya marcado particularmente, sea el bíblico de WarDog o el beatmaker del Voyage, sea el cronista de Medellín en Todos tienen que comer o el viajero sideral de Esmeraldas.
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