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ARCANOS | 0. EL LOCO: SAGAUNO

  • Foto del escritor: Juan Bañol
    Juan Bañol
  • hace 7 horas
  • 16 Min. de lectura

ARCANOS es un proyecto de periodismo narrativo que explora la relación entre el perfil periodístico y la simbología del tarot como herramienta de interpretación. En esta primera entrega el artista SagaUno encarga la carta de El Loco.

ARCANOS | El Loco: SagaUno | Ilustración por David Giraldo | @giraldocdavid
ARCANOS | El Loco: SagaUno | Ilustración por David Giraldo | @giraldocdavid


I . El riesgo

En el Tarot, la carta de El Loco, encarna el principio y el fin, el instante perpetuo antes de cualquier historia. Representa la inocencia que ignora los riesgos, el impulso que desoye la razón, la libertad que no conoce ataduras. Se le suele representar al filo de un precipicio, con un equipaje mínimo al hombro y un perro a sus pies: el animal es al mismo tiempo compañía y advertencia, el impulso vital que empuja al Loco hacia lo desconocido y la voz de la prudencia que lo detiene. En esa tensión vive Sergio Alférez/SagaUno, artista bogotano cuya obra es un continuo acto de fe.


A Saga le había comprado unos vinilos meses atrás, él me recordaba. Llegué a Ritmo Moderno, su bar, y lo reconocí de lejos por su figura serena, cuidadosamente desaliñada y con un ceño fruncido que paradójicamente transmitía amabilidad. 


Ritmo Moderno se ha convertido en poco tiempo en la guarida de muchos. Fue concebido como el lugar propicio para las artes y sus lacayos, de pretensiones bohemias y gusto refinado, el bar se pasea impunemente por los distintos ritmos y propuestas estéticas, por supuesto, bajo una curaduría de su propietario, que a la vez es promotor y diseñador de arte.


Justo en frente de la entrada, perfectamente centrado, se exhibe un graffiti de SagaUno del año 2022, una postal de la parte inferior de dos sujetos entrepiernados, que en medio de un baile sucumben el uno al otro sobre un suelo empolvado, junto a ellos, una colilla de cigarrillo apagándose que desprende el nombre de su autor. El bar se fundó en 2024, es decir, el muro lo antecedió por dos años, se pintó allí como prediciendo su suerte.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_

El lugar no es muy distinto a otros bares del centro de Bogotá, sin embargo, creo que eso pretende. A la entrada me recibe una nevera marca frigomaster que seguramente fue pensada para una cigarrería y una barra que le hace de vagón donde se asientan los trabajadores. La iluminación es precisa, bombillos de luz verde y roja se entremezclan hacia la parte trasera del bar  y junto a las primeras dos sillas de la barra, una escalera dirige hacia un nivel bajo.


Las paredes resaltan a primera vista, el arte de Saga no busca discreción: cuadros, flyers, fotografías, ilustraciones, serigrafías y tags de conocidos y ajenos conforman su propia memoria, su propio museo,  o como él mismo canta en su canción GravEdad: “Rebobino mi cinta con esfero, que se note cuánto tiempo llevo”.


Sergio Alférez es, un verdadero O.G., un perro viejo de la escena; es publicista y diseñador gráfico de profesión, graffitero por vocación, artista del fine art, selector musical, MC y gestor cultural. Nació en Rotterdam hace 44 años, vivió su infancia entre Japón y Panamá fruto del trabajo de su padre en una empresa de comercio internacional, para luego aterrizar en Colombia en el año 1990, donde finalmente se radicó y se formó como artista.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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Saga es la cereza del pastel de un espacio bien adornado, su apariencia combina perfectamente con el bar. Con una chaqueta ancha para que quepa su trayectoria, un sombrero bombín y anillos y collares brillantes; Saga adopta una pose de dandy atolondrado, acorde con la atmosfera, chocante para el mal lector. Es alto, de pelo largo, acuerpado, de tez blanca amarillenta y en ocasiones porta un bigote casi invisible que sólo él podría lucir. El Kalvo, rapero local, lo describe con un personaje cualquiera de Condorito.


Me recibió, me sentó en una mesa en la parte de abajo y de inmediato comenzó a indagar, parecía que el entrevistado iba a ser yo. Él es un curioso por naturaleza, es escéptico de las entrevistas y se cuida de los inescrupulosos que pretenden hablar de lo que no saben.


Su perra Vainilla no se despegó de su pierna durante toda la entrevista. La adoptó cuando vivió en Medellín en el 2020 y desde allí se ha vuelto su fiel escudera. Van juntos a todo lado, lo que hace que cuando hable tenga un semblante modesto que se recoge sobre su complicidad mutua. 


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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En el Tarot, al Loco se le adjudica la categoría de Bufón Real y es curioso que en esa lógica cortesana, el bufón y el perro fueran de exclusiva propiedad del Rey, los dos acompañaban a su dueño a donde fuese y por ello su relación es muy estrecha, ya que en cierto sentido, son hermanos. Vainilla y él están unidos por esa fraternidad silenciosa, se acompañan como iguales y parecen entenderse sólo mirándose.

En todo caso, no ha dejado nunca de ser un miembro activo del circuito cultural de Bogotá, sus 25 años de carrera lo demuestran. Con la calma de quien ya no necesita probar nada, Sergio ha forjado su propio estilo y quienes lo conocen, son capaces de diferenciar su arte a kilómetros de distancia. 


La apología al pasado, la exaltación de la belleza imperfecta y una estética que parece salida de una revista cubana de los sesenta, hacen parte de la identidad con la que fundó unos criterios artísticos en la ciudad. “Saga es la persona más true to himself que conozco, algunos intentarán imitarlo, pero es imposible. Él va más allá del graffiti o del rap, incluso de Bogotá, busca su propia esencia y es fiel a eso” dice N. Hardem, rapero bogotano. 


–Bacano que la gente a uno lo reconozca, pero es raro, yo no me siento como alguien importante, si fuera así, no hubiese tenido que montar un bar para vivir-–puntualizó Saga.


En mayo de 2025, Ritmo Moderno cumple su primer aniversario y Saga lo piensa celebrar con creces: será una nueva edición del “Bollo Room”, fiesta estandarte de Casa Volketa, proyecto cultural que unió a varias colectividades artísticas en la ciudad y del que fue miembro fundador. 


–Este bar es una obra de arte que no sabíamos si iba a funcionar,  requiere un trasfondo y un propósito, pero también trabajo duro y una constante observación–afirma. Él sabe que sus obras contribuyen a la escena local, pero es generoso al  aceptar que esto es recíproco. Saga ha crecido con la ciudad, la ha padecido, sabe que no es un novato y es lo suficientemente consciente de sus limitaciones, por ejemplo, de su pánico escénico.

No es sólo un rapero al que le da miedo el público, incluso, no es sólo Hip Hop. Sergio Alférez es un hombre sensible, consciente de su oficio y de lo que le inspira. Encuentra satisfacción en ver su bar a medio llenar mientras la gente conversa; más que anfitrión, es un mediador del encuentro. Sabe que ese es su papel: propiciar lo necesario para que el arte suceda.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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II. El instinto


Saga creó la Casa Volketa en 2009, un paraíso autogestionado del estilo de “Ciudad Solar”, que fue testigo del ascenso de la crema y nata de muchos artistas de la ciudad como Delfina Dib o Rap Bang Club. Una vez decepcionado con su primera incursión en el mundo de la publicidad de cubículo, decidió volver su vida tridimensional y postrarse a sí mismo en un edificio de tres pisos.


En la esquina de la Calle 48 con la Carrera 9, una vieja casa de muros agrietados se convirtió en refugio para quien buscaba reencontrarse. Allí, Sergio Alférez le dio forma y sentido a lo que pronto sería Casa Volketa: un espacio nacido casi en silencio, que con el tiempo se transformó en un punto de encuentro esencial para la cultura independiente de Chapinero.


El lugar era resguardado por Astro, perro de raza criolla y legendario devorador de tobillos que servía de bouncer y primer filtro de quienes atravesaban la puerta. El perro, fiel a Saga acompañaba las largas jornadas de quienes trabajaron para todos siendo este un personaje vital de la Casa Volketa.


Saga se convirtió en una especie de Hugh Heffner,  fue el anfitrión de una infinidad de fiestas que se quedaron en la memoria colectiva de quienes hasta ahora se creían el cuento del arte y la autogestión.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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El lugar respiraba contracultura, se hacían los Bollo Rooms y los Sótanos del Miedo, fiestas que aún hoy se recuerdan. No había jerarquías ni vestigios de exhibición oficial: los muros eran lienzos colaborativos, mutando a cada encuentro. Saga quería que el lugar sudara arte, pero también que fuera un centro de comunión orquestado por su propio entendimiento.


“Casa Volqueta fue un hub cultural: moda, tatuaje, audiovisual, grafiti, música. Las fiestas eran bacanales: varios pisos, música variada ,incluso guaracha y música brasileña. Fue un ambiente de cruce entre moda, diseño y la movida hip-hop/indie de esa época. Saga fue importante para hacer puentes entre Medellín y Bogotá, entre gente de distintas disciplinas; generaba espacios y conexiones” sostiene El Kalvo.


Fue allí donde, en 2018, junto a Nano Carulla, dio forma al mítico Sello Indio. Ambos compartían la convicción de que la independencia cultural debía ser la artífice de su propio contenido. Indio nació con ese propósito: un sello musical que propuso, desde el inicio, una estética urbana y fresca, música de calidad bogotana, principalmente hip hop con nombres como N. Hardem, Ruzto, Mismo Perro, Error999 y Las Hermanas.


“Indio no fue una empresa ni una escuela, fue una hermandad creativa. Hacíamos todo nosotros: portadas, videos, fiestas, compilados. Era más una actitud que un sello” recuerda Nano. Lo bautizaron así para reivindicar lo local, lo mestizo, lo propio. Con ese proyecto, Saga consolidó su papel de articulador: el que conecta escenas, impulsa artistas y da forma visual a las ideas ajenas. “Donde él llega, pasan cosas” dice Nano, y no exagera. Indio fue el eco natural de Casa Volketa, su traducción sonora y comunitaria: el punto donde el hazlo tú mismo dejó de ser una consigna para volverse una práctica compartida.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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El Loco está tan cerca de su lado instintivo que parece no hacerle falta mirar por donde anda, en el sentido literal de la palabra, su naturaleza guía sus pasos. Sergio Alférez confiaba en su instinto, lo puso a prueba y gracias a dicho atrevimiento, descubrió en Bogotá lo que todavía no tenía nombre, fileteó las letras de rap, dibujó los primeros bocetos del arte urbano local.


“Si uno pasara una luz ultravioleta por la escena independiente de Bogotá, encontraría sus huellas dactilares por doquier” dice Santiago Cembrano, periodista cultural bogotano y autor del libro la época del rap de acá, que ha seguido a Saga de cerca.


Casa Volketa fue el salto de fe de un Loco  que confió en su instinto para trazar caminos de una comunidad. Si “El Loco” del tarot viaja ligero de equipaje, Volketa llevó la carga justa: un espacio donde la originalidad y lo colectivo se entrelazaron para desafiar el orden establecido. Y aunque hoy sus puertas estén cerradas, su legado sigue vivo, recordándole a la ciudad que la autenticidad cultural nace del coraje de seguir adelante sin mirar al abismo.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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III. Errante


Sergio Alférez abandonó Casa Volketa en el 2018, “Me sentía sobrecargado” dice mientras aleja su mirada -había terminado con mi pareja, mi perro estaba muy enfermo, además mi papá estaba muriendo. Ya llevábamos un rato con Indio, pero esos proyectos a veces tienen muchas cargas y yo mismo me puse encima demasiadas de ellas. Entonces, sentía que necesitaba escapar -


Saga consiguió un apartamento en el barrio Belén-Los Laureles de Medellín. Ubicado en un edificio de tres pisos con una arquitectura poco usual, el lugar tenía varios cuartos que lo hacían recovecudo y una terraza amplia “apenas para ese clima” -Mis contactos en la ciudad era el parche de No Rules, ellos iban a mi casa y de la nada salían severas fiestas, sin quererlo, ese apartamento se volvió Casa Volqueta Medellín- dice conmovido.

“Cuando vino a Medellín se metió de lleno en el parche, salíamos a pintar, a cocinar, a escuchar música” dice Anyone/Cualquiera, integrante de No Rules Clan “Fue una época muy tranquila, de atención al detalle. Saga no llegó a imponer nada, llegó a compartir. Todo lo que hacía tenía ese toque ornamental, cálido, el que lo caracteriza”.


Sin embargo, desde su nueva ciudad,  Saga tuvo que afrontar eventos de gran magnitud: su padre falleció el 4 de agosto de ese año, justo cuando iba a presentar la “La Ventana Indiscreta”, una obra teatral inspirada en la película de Alfred Hitchcock y con la participación de los MC’s  e integrantes de Sello Indio.


–En sí, mi relación con la muerte ha sido afortunada, ha sido todo más bonito que maluco– manifestando sentir en sus obras artísticas la emotividad de su familia y allegados.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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Por otro lado, para ese momento a su perro y compañero Astro lo aquejaban los rastros de la edad. Con 13 años y seis meses, Astro se despidió de Saga en absoluta tranquilidad, murió en sus brazos justo después de rechazar un paseo matutino.


Saga fue a encontrarse con sí mismo en Medellín, fue a probarse, quería redescubrirse como artista y “subir la vara”. Entendió que su arte no es una, sino distintas obras y que la vida misma se las va mostrando. Pero la lección más importante, fue que le era imposible escaparse del deseo de participar de un círculo cultural, Santiago Cembrano lo denominó como El efecto Saga “Es su sombra, son sus manos, es su ADN; la sola presencia de Saga hace que pasen cosas, hay complicidad, es una persona que lleva un aparato cultural con él a donde vaya, Medellín no fue la excepción”.


Durante tres años hizo exposiciones, fiestas, ventas, pintó muros, conversó, fue pintor, gestor y adulto con midlife crisis. Pero la pandemia del 2020 no le permitió sacarle el provecho que quería a la ciudad;  los círculos se volvieron más cerrados, la manera en la que la gente se relacionaba cambió y asimismo, sintió que a la ciudad aún le faltaban muchos espacios de creación independiente  –Me aburrí de que el único plan fuera ir al Poblado– puntualizó. Así las cosas, Saga volvió a Bogotá con nuevos aires, con nuevos criterios y la determinación de trazar rutas propias: replanteó sus alianzas, afinó su método y diseñó espacios híbridos para el arte.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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IV. La Trampa


Volví a ver a Saga en abril de 2025,  esta vez en calidad de espectador en un conversatorio sobre creatividad en Quinta Camacho. La copanelista era Soma Difusa, una de las muralistas de más renombre en la escena de la capital, quien era la encargada de dialogar en vivo sobre el oficio artístico y recomendar a un auditorio calificado estrategias de difusión y producción de proyectos.


Saga me saludó y me dijo que a pesar de no haber acordado nada, él sabía que yo iba a venir. Hizo unas breves preguntas sobre lo conversado anteriormente y me recomendó unos textos que había hecho con Volketa. En su momento, su intención fue escribir sobre la ciudad con estándares de calidad, de contar a sus amigos e intereses porque nadie más lo iba a hacer.


Antes de que empezara el conversatorio, me senté a estudiar, llevaba unas semanas escuchando sus canciones y fruto de su recomendación busqué los escritos en línea y empecé a leer la crónica que le escribió a Cejas Negraz en el 2011. Saga hizo exactamente el ejercicio que ahora estoy haciendo con él, tuvo distintos encuentros con la Crack Family y presenció un momento icónico en la historia del rap nacional: la grabación de “Drogadicto en serie”, canción que se volvió un clásico moderno, coreado sin titubeos por la vieja y la nueva escuela. –¿Ahora Saga también era periodista?– pensé.


Tomó su lugar en el escenario y se presentó como un artista solitario, crítico del mercado artístico y de la falta de esfuerzo de algunos colegas -la creatividad es sinónimo de originalidad, de no ser como alguien del montón- enfatizó. Así las cosas, la idea de autenticidad tomó protagonismo en la conversación entre panelistas.  


Para Sergio, la perpetua búsqueda de la originalidad es un sinónimo de producción artística, es el desencasillamiento de unos parámetros establecidos por el arte banal hacia un ejercicio de curación personal, la búsqueda de una identidad propia, de un redescubrimiento del yo a través de la exposición simbólica de su vida en sus obras. Pero ¿qué ocurre cuando la búsqueda de lo propio se convierte en una exigencia sin descanso? ¿Qué se sacrifica cuando el arte se vuelve una cruzada solitaria por no parecerse a nadie?


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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Él encarna una paradoja propia del artista contemporáneo: la necesidad de ser original sin repetirse, de ser auténtico sin volverse prisionero de sí mismo. Su obra, su estética y hasta su manera de habitar la ciudad apuntan hacia una búsqueda incesante de singularidad, como si esta fuera no sólo un estilo, sino una ética. 


Pero la autenticidad moderna no es emancipadora, sino un encierro disfrazado. En lugar de abrirnos al mundo, nos replegamos en la construcción narcisista de un yo coherente, autosuficiente, “auténtico”, pero aislado. En Saga, esta tensión se expresa en su negativa a seguir las tendencias dominantes del arte y la música, al escucharlo hablar pensé en que esta consigna lo condena a una insatisfacción perpetua, a un impulso de reinvención constante que no le permite detenerse. 


Sin embargo, esa tensión es también lo que lo mantiene despierto. La originalidad, lejos de ser un refugio, se ha vuelto un terreno movedizo que lo obliga a reinventarse a cada paso. Vive entre el deseo de permanecer y la necesidad de huir, entre la certeza de su voz y la duda constante de lo que significa ser uno mismo. En el fondo, parece saberlo: quien busca su verdad sin descanso, está condenado a no encontrarla nunca del todo.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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V. Eterno

El 2 de mayo de 2025, fue la celebración del aniversario de Ritmo Moderno en la casa cultural “La Casona” ubicada en la Carrera 10ª con calle 15, el nombre de la fiesta no pudo ser otro que el legendario “Bollo Room”, esta vez celebrando su octavo volumen.

Tenía un cartel espléndido: presentaciones de El Kalvo y el Conjunto Medialuna como headliners, serían sonorizadas por uno de los artefactos con más potencia que tiene Bogotá, el Gran Latido Soundsystem. Asimismo, la fiesta se repartiría en dos ambientes que tendrían rondas de algunos de los selectores más importantes de la actualidad: Cheetah Latina, la Guancona & Lore Contento, Selva & Sergio Iglesias y el mismísimo SagaUno.

Yo había estado en “la Casona” en otras oportunidades. Su ubicación es de cuidado; junto a la crudeza de la Carrera 10ª el lugar sigue aparentando una casa de época colonial que lucha en contra del comercio agresivo del sector. Una vez los asistentes se registraban, el primer ambiente los recibía con un letrero gigante de “Bollo Room”, de manera adyacente, un compartimento grande empotrado en la pared fungía como púlpito de quienes animaban la fiesta.

Llegué temprano para entrevistar a El Kalvo, así que el lugar aún estaba vacío, me dirigí hacia el segundo ambiente y después de pasar dos patios y un telón largo y delgado me encontré con el escenario principal. La Casona tiene un lugar al que le llama auditorio, un vasto cuarto de techos altos y piso aporreado en el que fácilmente podrían construir una casa de igual tamaño.

En frente, la tarima principal, allí estaba Saga haciendo de técnico.

–Los Bollo Room empezaron en un parque, en un garaje, en una casa y eran una chimba. Para mí  eran los más bonitos, porque era una época previa al estrellato de muchos, era un espacio más íntimo— puntualizó Saga.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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Así las cosas, La Casona se comenzó a llenar progresivamente, las mesas se ocuparon por todo tipo de gentes: raperos, metachos, alternofieras, rolos cumbieros, gomelos; todos tenían su lugar. Saga ha sido un lugar común para la diversidad, ha recibido bajos sus cánones a todo quien los quiera discutir.


Lo saludé apenas tuve la oportunidad, sin embargo, consciente de la responsabilidad que cargaba a cuestas, sólo tuvo unos segundos para mí, se despidió y continuó corriendo de aquí para allá, saludando gente, rindiendo cuentas. Las caras conocidas empezaron a llegar: N. Hardem, Mismo Perro, Briela Ojeda, Frente Cumbiero, todos venían a saludar a Sergio, todos iluminados por su luz ultravioleta, todos tocados por las huellas del Loco.


Más tarde pude charlar con él al respecto, me contó que esta edición había sido la más grande que había hecho, pero también la mejor por la curva musical y la calidad de la organización –Fue un trabajo desgastante, duramos dos meses haciéndole campaña, haciendo relaciones públicas. En un momento tuve miedo por la boletería porque la mitad parte de la gente fue invitada–.


En todo caso, el Bollo Room fue un éxito, pudieron cubrir los gastos y ganar algo de dinero. La autogestión es un territorio agresivo en materia financiera, pero gratificante de espíritu. Saga pudo meter parte de la historia reciente de una ciudad en una sola casa, consiguió borrar las brechas de la cultura de la diferencia y consolidar Ritmo Moderno como un espacio de creación colectiva que semana a semana ofrece entretenimiento para los más curiosos.


Todas las fotos por: Julián Urrego | @_vagomundo_
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V. Libre


Para Sergio Alférez, la libertad no es un concepto abstracto, sino el pulso que marca cada respiración creativa. En cada uno de sus movimientos late el anhelo de no atarse a ojos ajenos. Él, joven eterno con delirios de viejo, lo sabe bien: la eternidad no se implora, se conquista a puro impulso, a puro instinto.


En su carácter conviven dos alas: una, el Loco del tarot, que avanza al filo del abismo sin mirar atrás y con el perro del instinto ladrándole al miedo. La otra, el artesano de la comunidad, que reconoce la riqueza de la colaboración y abre las puertas de cada espacio que crea. Esa dualidad le permite oscilar entre la soledad de un artista que se exige coherencia absoluta y la comunión de quien abre su casa para convertirla en un refugio de sueños ajenos.


Tal vez el secreto de su magnetismo resida en esa paradoja: se declara nómada y, sin embargo, construye refugios; rechaza permisos y, aun así, convoca multitudes. En el fondo, su verdadera apuesta no es un lugar ni un estilo, sino el latido de la aventura creativa: la certeza de que el arte más genuino nace cuando uno renuncia al guion y se deja llevar por el compás de lo aleatorio.


SagaUno hace de la imprevisibilidad su manera de estar en el mundo. Cada proyecto suyo es un experimento de desposesión: renuncia a certezas para dejar espacio al asombro. 


Su vida no es solo un derecho reclamado, sino un pacto consigo mismo: no detenerse, no parecerse a nadie, no sellar el pacto con la comodidad. En ese vuelo errante, entre Bogotá y Medellín, entre Volketa y Ritmo Moderno, se revela su verdad: la única patria real de un Loco es el pulso de la creación misma, y su única ley, el mandato de volar siempre hacia lo desconocido.


ARCANOS es un proyecto de periodismo narrativo que explora la relación entre el perfil periodístico y la simbología del tarot como herramienta de interpretación. Basado en los postulados de la psicología analítica de Carl Gustav Jung y en la lectura de Jung y el Tarot de Sallie Nichols, el trabajo propone un diálogo entre el lenguaje periodístico y el arquetípico, entendiendo las cartas como representaciones de comportamientos humanos universales.


Durante ocho meses de investigación y reportería, se realizaron más de veinte entrevistas con músicos, productores y gestores culturales del circuito independiente colombiano. El resultado es una serie de perfiles que articulan observación, conversación y análisis simbólico para narrar la vida de artistas que crean desde la independencia. Cada texto está acompañado por una ilustración original del artista David Giraldo, concebida a partir de la lectura de los perfiles y como extensión visual del relato. ARCANOS busca, más que explicar, acompañar: ofrecer una mirada sobre la música como oficio y sobre el periodismo como ejercicio de comprensión. El tarot funciona aquí no como metáfora esotérica, sino como método de lectura de lo humano.


*** Sigue a Juan Bañol por aquí.

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