LA TRAGEDIA DE NIETZSCHE FUE NO HABER ESCUCHADO MY CHEMICAL ROMANCE
- Brian Lara
- hace 3 minutos
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A propósito de su show en Bogotá, este ensayo explica cómo MCR recogió muy bien un sentir trágico de la existencia que se hizo palpable durante los 2000, logrando conectar con una generación de adolescentes que afirman que el ser emo nunca fue una etapa y que es algo mucho más profundo y filosófico.

En el 2006 acababa de cumplir trece años cuando me uní al desfile de la tragedia. Invertía todo mi tiempo en MTV cazando videos de PXNDX y AFI mientras esquivaba la embestida del animal monumental que era Welcome To The Black Parade, recién lanzado entonces. Sé que hubo dos o tres meses de huida antes de darle la oportunidad. Me pasó por encima. "Qué gran puto drama", sigo pensando hoy cuando lo veo: el moribundo en la camilla, la enfermera tomando su mano, el televisor con el plano del ojo afligido de Gerard Way. El emo en mí siempre fantaseó con ser ese pobre tipo. Ahora no lo sé: la noche en la que compré las entradas para verlos en Bogotá soñé que me moría antes del concierto. Han pasado seis meses y el sueño se sigue repitiendo como si algún dios olvidado me estuviera diciendo que escuchó mi viejo deseo.
A mis amigos les he pedido que lleven el cuerpo al concierto bajo la promesa de que me levantaré del ataúd en el segundo coro de “Helena”. En cada ocasión, toco madera. Ellos tocan madera. El chiste se ha desgastado y la verdad es que en las noches, antes de dormir, respiro profundo y me digo que no puede ser cierto que inconscientemente esté imitando el arco de personaje que se traza a lo largo de The Black Parade: el diagnóstico, el recuerdo, el arrepentimiento, la muerte y más allá de la muerte. Poco después del sueño tuve una arritmia cardíaca que terminó con un paquete premium de exámenes, durante los cuales escuché en loop la segunda canción del disco, “Dead!”, que arranca con un: “And if your heart stops beating / I'll be here wondering / Did you get what you deserve?”. ¿Y si mi corazón deja de latir?, me pregunto, ¿obtuve lo que merecía?
Luego de ese primer encuentro con My Chemical Romance busqué el disco entre la caja de CD’s piratas de mi primo Andre, de quien aprendí qué escuchar y cómo escucharlo. Me parece que era una caja de Vans reconvertida en una biblia musical en donde guardaba álbumes de PXNDX, Allison, 30 Seconds To Mars y bandas nacionales menos comerciales como D-Formes y K93. Para ese momento, MTV quemaba su gasolina rotando a MCR cada hora, alternando “Welcome…” con “Famous Last Words”, cuyo video era una continuación dramática del anterior: el clímax del final sigue siendo alucinante con esos cinco manes revolcándose en el polvo frente a su carroza fúnebre en llamas, gritando, saltando, desgarrándose y muriendo. Llegué a donde Andre con ese drama taladrando mi cabeza. Escuché el disco completo mirando al techo en su radio Sony. Seguro lo comenté con él conteniendo el entusiasmo. ¿Ya escuchaste el otro?, preguntó. ¿Cuál otro?, dije. Agarró la caja y sacó ese otro disco: Three Cheers For Sweet Revenge.
En la adolescencia es fácil ceder ante el deslumbramiento de las baratijas exhibidas en el mercado cultural, algunas brillan simplemente porque el vidrio refracta la luz. A los diez, once, doce años nadie sabe identificar qué es qué, aunque pretendamos que sí. Pero a veces damos con la piedra arrumada en el fondo de la tienda sintiendo latir el pulso de algo verdadero. Yo lucí con orgullo muchas bagatelas hasta que perdieron el brillo o se quebraron con el primer golpe.
Ese disco fue una de las piedras que mejor refractó la luz hacia el remolino de mis torpes emociones infantiles. Con “I’m Not Okay (I Promise)” sentí que el lenguaje del mundo también usaba las palabras de mi lenguaje privado y no solo que con mi lenguaje privado entendía el lenguaje del mundo. Me pareció ver que no había una forma más elegante de ser que aquella del drama: soledad, rechazo, ansiedad, rabia, miedo, fracaso. Mientras veía Troya, pensaba: ¿Quién quiere ser Aquiles, muy lindo y todo, cuando se puede fallar como Héctor?
El disco lo escuché hasta el hartazgo. Resonaba muy bien sobre todo cuando sentía tedio. Supongo que por eso fue natural que apareciera durante los primeros meses del confinamiento por Covid-19. Ese año, dos meses antes de que se decretara el estatus de pandemia, comencé una maestría en filosofía con la esperanza de leer algo nuevo. Las primeras semanas del encierro, entre clases y lecturas de William James y Nietzsche, escuché “Cemetery Drive” sin descanso. Me gustaba cantar el primer verso asomándome a la ventana porque me daba la impresión de que agarraba cuerpo en medio de tanto silencio: “This night walk the dead in a solitary style”. En ese tiempo sentí que mi lenguaje privado entendía por primera vez ciertas reglas de la gramática del mundo.
Zadie Smith tiene un ensayo en el que intenta explicarse su relación tardía y sin embargo súbita con la música de Joni Mitchell, a la cual le había dado un par de oportunidades vanas en su juventud. Allí cuenta que la conversión le aconteció mientras visitaba la abadía de Tintern, sobre la que Wordsworth compuso un poema precioso. Wordsworth evoca el recuerdo de la primera impresión que tuvo cuando la visitó cinco años antes, y es lindo verlo avanzar verso a verso, como si midiera sus pasos en este nuevo lugar que, sin embargo, es el mismo, intentando escuchar el “lenguaje de su antiguo corazón”. Para Smith, la experiencia de Wordsworth deja ver una progresión entre el niño de entonces y el hombre de ahora que refleja cómo su mente se ha profundizado, lo que es natural: todos cambiamos. Se pregunta así por el lenguaje de su antiguo corazón y concluye que no lo entiende. De repente llora escuchando a Joni Mitchell y no hay más, solo el acontecimiento de una sensación sobrecogedora más cercana a la alegría que a la felicidad, si asumimos que la alegría es el reconocimiento de una belleza casi intolerable. Y sabemos que la alegría acontece poco.
Puesto así, lo que le sucede a él es distinto de lo que le sucede a ella. El ensayo propone dos salidas para la misma experiencia: progresión y sintonía. Aunque ambas tienen que ver con el tiempo, la primera responde al progresivo cambio del gusto, casi como un proceso racional, mientras que la segunda obedece a la repentina suspensión de las defensas de la sensibilidad, casi como un salto de fe. El llanto repentino ayuda a señalar el camino: ¿cuándo fue la última vez que lloramos súbitamente con las defensas arriba? No sucede. Este tipo de experiencia nos empuja al vacío.
Cuando escuché MCR durante la pandemia, experimenté una sintonía de ese tipo: un regreso desde la nada o desde un negativo hacia algo elevado o sublime. La pregunta es, ¿qué es lo sublime aquí?, ¿sublime cómo?
Wordsworth está más cerca de lo primero, en tanto es el paso del tiempo lo que define su experiencia, pues lo asombra cómo ha cambiado el lugar de su recuerdo. Zadie Smith solo fue sorprendida indefensa. “Una sintonía súbita, inesperada. O el regreso desde la nada, o desde un negativo, hacia algo elevado, positivo y sublime”, dice. Se trata de una sintonía no mediada por la razón, de una disposición de apertura para aceptar algo que no podemos entender y, en últimas, para dejarnos afectar por ello. Smith se explica así la discontinuidad que hay entre su yo que no le gustaba Joni Mitchel y su yo que lloraba con Joni Mitchell. Es una explicación que apunta a que no hay explicación. Este fenómeno equivale a abrazar las discontinuidades en nuestro propio lenguaje.
Cuando escuché MCR durante la pandemia, experimenté una sintonía de ese tipo: un regreso desde la nada o desde un negativo hacia algo elevado o sublime. La pregunta es, ¿qué es lo sublime aquí?, ¿sublime cómo? Smith esquiva la blasfemia al insistir en que “la fe implica una aceptación del absurdo”. En ese caso, supongo que tiene sentido que mi experiencia de sintonía se haya dado durante la temporada rara y francamente incomprensible del covid. ¿Y si la sintonía, entonces, no solo sucede en las discontinuidades en nuestro lenguaje sino también en las discontinuidades entre nuestro lenguaje y el lenguaje del mundo?
El primer verso de “Cemetery Drive” también me gusta porque me recuerda el arranque de un poema de Lord Byron: “She walks in beauty, like the night”. Aunque Byron no habla de la muerte, como sí lo hace la canción, el carácter liminal del poema resonó en el charco de mis emociones pandémicas. ¿Cuántos meses no estuvimos viviendo en el reino del silencio y la suspensión mientras la muerte caminaba con un estilo solitario? La única forma de explicarnos lo que nos estaba pasando fue aceptar que no había explicación. Tanto dolor, miedo y angustia ante la pobreza institucional, material, espiritual y emocional.
Es bastante conocido que MCR fue producto del 9/11. Gerard Way vio desde un muelle en Hoboken la caída de las torres diciéndose que no era posible que aquello estuviera pasando mientras sentía que “sería el fin del mundo”, lo que de alguna manera fue cierto. El mundo occidental cambió. Además de que las demostraciones de fuerza normalizaron el ejercicio de la violencia en nombre de la seguridad o la libertad o la democracia o etcétera, ese buen día nos vimos expuestos por primera vez en nuestra historia ante la transmisión generalizada de la muerte y al dolor causado por tal violencia. Aún hoy, veintitantos años después, siguen saliendo a la luz videos de esa mañana grabados por personas sin nombre. Un día de septiembre surgió una nueva cepa de la normalización de la muerte.
Gerard Way ha dicho que en el muelle estaba rodeado por personas que sí tenían familiares y amigos en los edificios que se desplomaban en el horizonte de la ciudad y eso lo llevó a sentir que no tenía derecho a estar ahí con ellos. Sus palabras son: “Estaban atravesando mucho dolor”. Es fácil cerrar los ojos y verlo ver con espanto y culpa el rostro descompuesto de un tipo que se pregunta por su esposa, de una mujer que reza por su hijo, de otro más que llama con desespero a su hermana. Ese día sintió que tenía que darle a su vida algún propósito y, con suerte, darles a otras personas algún propósito o ayudarlas a encontrar su propósito. Una semana después escribió la canción “Skylines And Turnstiles”, a lo mejor la primera de la banda, que abre con: “You’re not in this alone, let me break this akward silence”.
Creemos con demasiada frecuencia que MCR es una banda emo y que, además, son la mejor representación de ese movimiento. Más allá de la discusión sobre las etiquetas, me llama la atención la manera en la que la banda sintetizó una estética centrada en la muerte y con ese camino le habló a un montón de adolescentes criados con la televisión de los 2000. Fue una generación que televisó el 9/11, la Guerra en Irak, las crisis económicas en Argentina, Grecia, España y poco después en Estados Unidos, el florecimiento de los fármacos como solución rápida ante el incremento de diagnósticos de ansiedad o depresión, y experimentó la transición tecnológica que vino con Internet y sus chats, foros, videos porno, etcétera, mientras igual se preocupaba porque su crush le parara bolas en el recreo o le respondiera el zumbido en Messenger. El coctel hormonal fue de lo poco que no cambió.
Puesto así suena a una adolescencia trágica. Pero la verdad es que toda adolescencia lo es. Ignoro si existe la adolescencia sin tragedia, porque ignoro si existe la adolescencia sin drama. Me gustaría decir que nuestra vida ha sido más complicada y decirlo además con la voz quebrada, sin embargo, creo que lo único distinto frente a las adolescencias que estuvieron antes y que han venido después es que tuvimos que lidiar con un montón de duelos simultáneos mientras lo consumíamos todo en tiempo real. Incluso quienes la tuvimos fácil vimos lo que vimos: trauma, dolor, miedo, incertidumbre. Todo estaba en pantalla.
Me esfuerzo en pensar en esos años para verme a mí mismo con el cabello corto y el uniforme desarreglado caminando rumbo al colegio a una hora en la que aún no había sol mientras veía sin atención la vida que tenían mis compañeros de entonces. Recuerdo que tenía un amigo, Mauricio, bajito, panzón, con cara ovalada, que solía llegar a clase con la mano derecha de su papá marcada en la espalda, en el brazo o, sucedió una vez, en la mejilla, dedo por dedo. Las del cuerpo las cubría con la camisa del uniforme, aunque eventualmente decidía mostrárnoslas como cicatrices de guerra, con orgullo, pero la de la cara en cambio era inocultable y fue por eso que el colegio activó una especie de protocolo raquítico que terminó con la mamá llegando a recogerlo con vergüenza ante la brutalidad de un papá que, luego nos enteraríamos, tenía problemas con el trago ligados a una empresa familiar en decadencia. En ese tiempo compartía con amigos que habían perdido a sus padres o sufrido abusos sexuales o simplemente vivían en entornos de abandono emocional que los llevaba a la calle, barras bravas, peleas, cuando no al clásico aislamiento social de toda la vida. Entretanto, en televisión seguíamos viendo los desastres que dejaban rastros de angustia en la cara de nuestros padres: no olvidemos que en Colombia el cambio de siglo nos agarró con una sucesión de masacres, atentados y demostraciones de fuerza que llenaban de sinsentido nuestros días hasta la hora en la que Padres e Hijos, Los 10+Pedidos o Zapping Zone se encargaban de nuestra imaginación.
Ahora, debo confesar que ignoro algo más: no sé si todo adolescente se suma al desfile de la tragedia o si algunos se quedan en el andén mirándolo con distancia. ¿Haberme quedado a un lado me habría salvado de mi sueño premonitorio? Aún más importante: ¿Estoy a tiempo de salirme y evitar mi muerte?
Yo entré tarde. O por lo menos reconocí tarde que llevaba en él veinte años. Escuchar MCR durante los primeros meses de la pandemia me permitió regresar de la nada hacia eso sublime encarnado por la tragedia. Intuyo que ahí estuvo la sintonía entre las discontinuidades de ambos lenguajes. “Cemetery Drive” es una canción que podría haberle gustado a Lord Byron, pues es un lamento amoroso dedicado al amante fallecido con imágenes de cementerios nocturnos, vestidos de novia, suicidios y frases hermosas: “I miss you so far / and the collision of your kiss / that made it so hard”. No es un secreto que el romanticismo, como el practicado por Byron, le dio la espalda a la razón ilustrada que abogaba por un dominio casi exclusivo del concepto y lo normativo; y, en cambio, miró a los ojos la embriaguez de la emoción para acceder a una experiencia más profunda e íntima del mundo. De ahí su insistencia temática con el amor, el sufrimiento y la muerte. MCR compuso canciones que coquetean con el romanticismo de manera descarada. “Cemetery Drive” o “Helena” golpean las puertas del vecindario romántico con la esperanza de encontrar despierto alguno de esos poetas melancólicos que buscan en la luna la cara del dolor.
En ese primer año de la maestría, cuando todo era virtual y la presencialidad era un viejo sueño, vi un seminario sobre filosofía y tragedia cuyo propósito era rastrear la visión trágica de la vida en la tragedia griega: Antígona, Edipo Rey, Orestíada, Áyax, Bacantes, etc. El marco teórico estaba construido a partir de Platón, Aristóteles y, sobre todo, Nietzsche. El profesor insistía en que este había logrado sintetizar con suma precisión la postura de los otros dos y levantar un edificio que nos permitía ver la tragedia como problema estético hasta nuestros días. Lo cierto es que el punto de partida de El nacimiento de la tragedia siempre me ha parecido hermoso.
Nietzsche señala que la sociedad griega “conoció y sintió los horrores y atrocidades de la existencia” y se vio obligada a crear a los dioses como una cortina capaz de velar y transfigurar el sufrimiento.
En las primeras páginas, Nietzsche se pregunta cuál fue la necesidad que llevó a los griegos a poner ante las puertas de su sociedad a tantos dioses olímpicos. Para responder recurre a una vieja historia según la cual el rey Midas persiguió y atrapó al sabio Sileno con el fin de interrogarlo: “qué es para el ser humano lo mejor y más ventajoso de todo”, a lo que este respondió: “Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti —morir pronto”.
Apoyándose en esto, Nietzsche señala que la sociedad griega “conoció y sintió los horrores y atrocidades de la existencia” y se vio obligada a crear a los dioses como una cortina capaz de velar y transfigurar el sufrimiento. Los griegos justificaron la vida porque vieron que sus dioses también la vivían. De repente vivir se les hizo apetecible, al punto de que le dieron vuelta a las palabras del pesado de Sileno: “lo peor de todo es para ellos morir pronto, y lo peor en segundo lugar el que alguna vez se tenga que morir”.
La aparición de los dioses sucedió primero en sueños como una ilusión de orden y belleza que naturalmente terminó encarnada en la figura de Apolo, el dios vaticinador, la divinidad de la luz. Lo apolíneo les permitió a los griegos “triunfar sobre una horrorosa profundidad en la consideración del mundo y sobre una capacidad de sufrimiento de máxima susceptibilidad”. Allí encontraron cierta claridad onírica atada al principio de individuación que les renovó la confianza en el orden visible del mundo. Nietzsche recurre a la metáfora de Schopenhauer del navegante que confía plenamente en su pequeña barca mientras atraviesa el mar embravecido entre montañas de olas que crecen y se hunden en medio del aullido del agua. Esa pequeña barca representa a Apolo en la medida en que él es a su vez la representación de los límites del individuo, lo que conoce y lo que no. Los griegos confían en la barca porque la ven, está ahí, y por eso creen conocerla de cabo a rabo.
El problema parecía resuelto. Sin embargo, el orden apolíneo tenía dos trampas: por un lado, olvidar que se trataba de una imagen onírica, una figura de la noche, y caer en la ilusión de que así era la totalidad de la realidad; y, por el otro, reconocer con espanto que los límites de la barca podían ser superados. Es ahí, en la ruptura del principio de individuación, en la disolución del individuo, cuando irrumpe la figura de Dionisio, dios de la embriaguez. Lo dionisiaco les permitió a los griegos quebrar las fronteras del yo, emborrachar el miedo, renovar la alianza de persona a persona y reconciliarse con la naturaleza hostil que había sido subyugada por Apolo.
Lo dionisíaco revela una verdad que lo apolíneo había logrado velar. Son dos extremos de una cuerda en tensión. Un dominio absoluto de Dioniso llevaría a la completa disolución del individuo, así como un dominio absoluto de Apolo conduciría a una cultura desconectada de su fondo existencial. Y esto es importante porque la tensión entre uno y otro les permitió a los griegos convivir con la existencia trágica que aparecía en la forma del devenir ante el individuo: existir como individuo es estar separado del todo y, por ello, expuesto al dolor. Lo que me gusta de la posición de Nietzsche es que interpreta este hecho como una condición inevitable de la vida.
Si creemos que esto es cierto, vuelvo a preguntar: ¿todo adolescente se suma al desfile de la tragedia o alguno se queda en el andén mirándolo con distancia? Creo que Nietzsche diría que todos participan de él, pues en últimas el dolor es inherente a la experiencia: “Preocupados, pero no desconsolados, permanecemos unos instantes al margen, como los contemplativos a quienes les está permitido ser testigos de esas luchas y transiciones enormes. ¡Ay! ¡La magia de esas luchas reside en que quien las observa tiene también que participar en ellas!”. Claro: Gerard Way observaba desde el andén a quienes lloraban a sus seres queridos la mañana del 9/11 y, aun así, observar también significó participar.
De qué depende, entonces, que unos participemos del desfile desde adentro y otros desde el andén. Me atrevo a pensar que incluso algunos de los que la tuvieron difícil, eventualmente, decidieron permanecer a un costado. Creo que no todos mis amigos se sumaron al desfile de la tragedia: podría apostar a que Mauricio no lo hizo. Si Nietzsche pudiera responder supongo que diría que depende de los mecanismos que encontramos para transfigurar estéticamente el dolor. Ese es el rol del arte, que llega, según él, “como un mago que salva, que proporciona remedios”. De ser así, me animo a apuntar que depende de cuándo sucede la sintonía: el regreso desde la nada hacia algo sublime.
Alguna vez, los integrantes de la banda contaron que la grabación de The Black Parade estuvo rodeada por una suerte de drama constante: Gerard Way estaba deprimido y había abandonado las drogas y el alcohol; Mikey Way estaba deprimido y evaluaba dejar la banda o suicidarse; Bob Bryar se quemó la pierna grabando el video de “Famous Last Words” y cuando tuvo tiempo de ir al médico la infección estaba rumbo a su cerebro. Allí señalan cómo esa atmosfera insalubre los llevó casi de la mano a grabar un disco cuyo concepto es la muerte. Es entendible que tantos adolescentes hayamos conectado: una estética centrada en la muerte equivale a una estética centrada en el conflicto de la vida. Me gusta la manera en la que Gerard Way lo dice: “Se trata de colocar un gran signo de exclamación al final de la vida”. Todo ese drama es necesario.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde que comencé a escribir este texto. La última vez que soñé con mi muerte se trató de un sueño tranquilo. Fue una de esas noches plácidas en las que flotamos entre tiempos mezclando personas y espacios sin un sentido capaz de sobrevivir al amanecer. Al despertar entendí que había soñado por enésima vez con lo mismo. La repetición aburre: la tensión se diluye y el drama se recoge sobre sí. Repetí el único ritual que se me ocurrió la primera vez y escuché alguna canción del disco. Al final es lo que hay. Imagino que eso es lo que hacen todos cuando tienen una mala noche y también un mal día: darle play a una canción y suspirar con tedio. E imagino que no hace falta MCR o una banda emo para entrar en la tragedia, pues para algunos estará el rap o el punk o el metal o la salsa o la literatura o la pintura o cualquier otra materialización del arte al que se quieran aferrar. No sé qué diría Nietzsche al respecto y, ahora que me voy a dormir, no me importa.
*** Esperamos que a Brian lo dejen de atormentar su propios sueños con la muerte y pueda seguir filosofando con la vida. Síguelo por aquí.

