Entre un baile inolvidable y la contradicción del afuera: una noche con Bad Bunny en Medellín
- Andrea Yepes Cuartas
- hace 2 minutos
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Así vivimos desde adentro la experiencia del DeBÍ TiRAR Más FOToS tour, que salió de su residencia en el Choliseo para recorrer toda Latinoamérica en un sinfín de noches inolvidables.

Es difícil contar la electricidad.
Kodwo Eshun
Un concierto, como tantas otras configuraciones alrededor de la música, es una máquina. Para prenderla, basta que se apaguen las luces, que el público reaccione a esa interrupción, y que se dé un silencio y una espera hasta que surja algo: una luz, un acorde, una voz. En este caso fue la pantalla y allí el afuera de una casa pintada de los colores de la bandera de Puerto Rico, pero con una arquitectura posible en casi cualquier barrio de Medellín, al igual que el acento de dos chicos. Ella sentada sobre las escaleras y él en el suelo, estaban buscando palabras de invocación y encontraron unas que terminaban así: “en donde hicieron al nene, que en Bayamón por primera vez vieron”. Sonidos de acelerador, una jauría de motos, un bombo fuertísimo y clásico del reggaetón que suena quince veces en casi cuatro segundos, un poco más de silencio y la voz de Bad Bunny habla por fin: “un aplauso pa’ mami y papi, porque en verdad rompieron”. Sé que es Medellín, que son las 9 de la noche en punto, pero yo creo que estamos en Puerto Rico.
Bad Bunny está vestido con un traje color beige que podría haber usado Cheo Feliciano o Frankie Ruiz, y lleva lentes y anillos grandes plateados, dorados y con piedras azules al estilo de Héctor Lavoe. Va a tono con el género con el que inicia la noche; en salsa suena el resto de LA MuDANZA, Callaíta, PIToRRO DE COCO (que acompaña con luces de navidad), WELTiTA (donde sale Lorén de Chuwi con un vestido blanco y la acompaña una luz blanca intensa que la hace brillar), TURiSTA que va más lento y que le permite al final parar, sonreír y decir gracias, gracias, gracias. Dice, también, que la noche apenas está comenzando, pa’ que sepan. Explica que será un concierto sencillo, que se trata de olvidar lo de afuera y concentrarse en las cosas simples de la vida, recalca que es un show sobre la unión de un pueblo: de Puerto Rico con Colombia y con Latinoamérica.

Y lo fue. Desde que los teloneros, Chuwi, salen al escenario, se crea un puente. En sus canciones, esta banda de hermanos boricuas nombra el dolor del tránsito hacia la soberanía y de pertenecer a una isla donde la mayor parte de su población vive fuera. Cantan cosas como: “Pero por qué no podemos escoger / La tierra en la que descansamos” y “En la colonia que llamamos Puerto Rico / sin dinero solo adobo somo’ rico’”. Hacia el final de su show ondean una bandera de Colombia y una de su país en negro y blanco que simboliza luto y protesta, inicialmente por la supervisión fiscal que les impuso Estados Unidos. En el puesto de control que tengo detrás de mí, pegada a un monitor, ondea una banderita de la isla en sus colores coloniales. Ese es el paisaje.

Bad Bunny termina la tanda de salsa con BAILE INoLVIDABLE y NUEVAYoL algo acelerada. A ratos la cámara lo rodea, él mira hacia arriba y se ve como un sol. Mientras habla y mientras canta, mientras mira y reparte pitorro a los casi veinte músicos boricuas que lo acompañan en escena (Los Sobrinos y Los Pleneros de La Cresta), Bad Bunny luce tranquilo y, sobre todo, está conectado con el público. Desde que arrancó miró con detenimiento, escuchó, se detuvo. Si un concierto es una máquina, un artefacto emocional, él estaba en el centro moldeando las sensaciones del resto con su voz, sus gestos pausados y el peso de su relato de memoria y pertenencia. En este concierto no hay histeria, sí una emoción desbordada, claro, energía de sobra, pero se impone cierta calma que parece salir de él. Lo había visto ya en tres presentaciones, dos en su etapa más trapera y luego en la gira de Un Verano Sin Ti, y esta fue como una primera vez. Ahora hay algo distinto. Fue una presentación llena de claridad donde poco sobró, donde solo fue necesario él, la música y lo que tenía para decir sobre ser de un lugar.
Cuando Bad Bunny anunció su residencia en enero de 2025 y dijo que no se quería ir de allí, hablaba en serio. Incluso ahora que el show salió de Puerto Rico, no se ha ido de la isla, solo viaja con ella. Lleva incluso una casa de diseño vernáculo que asemeja el hormigón armado y que está pintada de rosa. Allí empieza la segunda parte del concierto: suena VeLDÁ. En este fragmento responde la pregunta que dejó abierta al final de NUEVAYoL, ¿Cómo Bad Bunny va a ser rey del pop con reggaetón y dembow? Lo hace masticando chicle y vestido de una pantaloneta amarilla con las líneas azules de Adidas y la chaqueta a juego con los colores invertidos, una gorra blanca, gafas negras y los inéditos Adidas x Bad Bunny Heritage High.

A VeLDÁ le siguieron Tití me preguntó, Neverita, Si veo a tu mamá, VOY A LLeVARTE PA PR, Me Porto Bonito, No me conoce (Remix), Bichiyal, Yo perreo sola, Efecto y Safaera, que se estilizó en la pantalla con filtros de cámara noventera, en sintonía con algunos de los samples sobre los que está construida esta canción: Sueños Mojados de DJ Nelson y DJ Goldy y El Tiburon de Alexis Y Fido. Bad Bunny llegó a la esfera del pop sobre todo por el reggaetón, a pesar de haber empezado con trap. Se instaló allí con un sonido que acabó de configurarse en su isla y que siente propio, y lo hizo en español, componiendo con las palabras de su barrio. Esa es la irrupción, de eso está hecha su corona. También está hecha de símbolos, narraciones y manifiestos contra la colonización, la gentrificación y el turismo desmedido. Entrar al espectro del pop donde está Bad Bunny, guarda la belleza de lo masivo y en una ciudad como Medellín abre una contradicción: un show que pide supremacía para el local, que viaja con una casa, se hace en una ciudad de precios desbordados y con el costo de vida cada vez más alto, en gran parte por la llegada masiva de turistas que alcanzó un pico altísimo este fin de semana (100.000 según los organizadores del evento).
En el 2024, Medellín desplazó a Bogotá, que llevaba 16 años siendo la ciudad con los arriendos más costosos del país. Aquí, en el Área Metropolitana, los residentes de los barrios más gentrificados están teniendo que salir de sus casas por los desbalances en arriendos y costos que se crean alrededor de los proyectos de vivienda turística. Como lo resaltó Mutante, “Hay más familias buscando dónde vivir que viviendas disponibles. Y entre quienes logran tener una casa, muchos no cuentan con las condiciones de habitabilidad digna por problemas de infraestructura, servicios públicos o hacinamiento”. En ese mismo texto escriben esto: “y si la turistificación te empieza a expulsar de tu propia ciudad, ¿quién cantará por ti?”. Este es otro pedazo del paisaje.

La tercera parte del concierto inició con una conmemoración. Era enero 23, faltaban dos días para el décimo aniversario de la publicación de Diles en SoundCloud, el tema de trap que escucharon DJ Luian y Mambo Kingz del sello Hear This Music, los productores que primero le abrieron a Bad Bunny un espacio en la música comercial. Después de Diles solo podía venir más trap de galería con MONACO y NO ME QUIERO CASAR, que fue la canción exclusiva de la primera fecha; los otros días fueron Tú no metes cabra y A tu merced. Si esto fuese un juego, al que parece que empezamos a jugar cuando la conversación se queda con insistencia en escoger al mejor invitado y no al mejor Bad Bunny, diría que ganaron los que escucharon Tú no metes cabra porque Arcángel estuvo allí. Él, que cantó en el remix de Diles y que grabó Tú no vives así, la primera canción colaborativa de Bad Bunny (no remix), vino desde Puerto Rico e hizo su propio show de 12 canciones entre clásicos y La Jumpa. Un pequeño concierto.

Antes de irse del escenario de la casa y pasar de nuevo a la tarima, Bad Bunny cantó CAFé CON RON y dijo que solo por esa noche nosotros somos puertorriqueños y ellos son colombianos, entonces suena también La Múcura atribuida a Toño Fuentes, fundador de Discos Fuentes, e interpretada por los Pleneros de La Cresta. Ellos continúan con Ábreme paso antes de inaugurar la última parte del concierto, marcada también por el dembow. Bad Bunny sale de nuevo con un sombrero de trampero, jeans, buso beige y guantes de explorador incrustados con pedrería y canta Ojitos lindos, LA CANCIÓN, KLOuFRENS, BOKeTE, DÁKITI, El Apagón y DtMF, que podría ser el final por lo emotiva y porque hizo el amague, pero falta EoO. En la pantalla aparece TRA TRA, de nuevo la palabra PERREO y mucho fuego. Al final dice gracias al tiempo que corean su nombre y camina con seguridad mientras a su espalda estalla pirotecnia. Deja el micrófono y los accesorios en el suelo y acaba el concierto.

El nicho en la música es precioso, tiene la potencia de reunir gente con engranajes muy
específicos y darles un sonido escaso y a su medida; pero el mainstream, la música popular, el espectro del pop, crea máquinas en las que caben muchos cuerpos emocionados y en las que cabe incluso la contradicción. Actos así mueven la voluntad de una multitud a punta de sonidos y no sé si hay una experiencia musical más total, por lo menos en lo colectivo. En Acho PR Bad Bunny escribió: “Otro como yo en el próximo siglo / Mi nombre va pa' los museo’, va pa’ los libro’ / Soy la estrella de mi isla, por eso es que brillo”. Por casi tres horas estuvo demostrando esa premisa.
*** Andrea Yepes Cuartas es autora del libro Reggaetón. Síguela para saber más de la historia del perreo por acá.

