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Rubén Blades y la promesa de poder ver el corazón

  • Foto del escritor: María Cuestas
    María Cuestas
  • 20 sept 2025
  • 7 Min. de lectura

En una noche fría en el Festival Cordillera en Bogotá, la figura de Rubén Blades, vestido de traje y sombrero, encarnó la promesa de poder ver el corazón. Más que un concierto, su presentación fue un repaso por más de 40 años de historia musical, una ceremonia íntima y vibrante, un relato poético que trascendió la música para convertirse en una lección de vida.

Foto por: Maria Alejandra Villamizar @mava.villamizar | Cortesía Festival Cordillera
Foto por: Maria Alejandra Villamizar @mava.villamizar | Cortesía Festival Cordillera

Sabemos que el tiempo es corto, así que no vamos a hablar mucho esta vez, señala Rubén Blades con la puntualidad que solo puede tener un hombre que suma más de 40 años presentándose en escenarios de todo el mundo, vestido de traje y sombrero, frente a millones que corean sus canciones. Es 13 de septiembre de 2024 y por un instante que va a extenderse una hora y media, nadie va a recordar ni el frío ni el viento que hace, porque la inconfundible línea de bajo de “Plástico” suena y aparece Blades desde el costado izquierdo del escenario para saludar dulcemente con un sencillo pero caluroso: Bogotá, buenas noches. 


***


Todo sobre la maestría musical de Blades ha sido dicho: el tono inconfundible de su voz, la ejecución impecable de la orquesta de Roberto Delgado con la que gira desde hace quince años y que brilla con la misma intensidad. El camino para la salsa que abrió su forma de ver el mundo, su relación con Cheo Feliciano e Ismael Rivera, su carrera política, la distancia que instaló el silencio hacia Willie Colón y muchas más historias. Sin embargo, la fuerza de su presencia en el escenario parece asentarse más y más, porque la nitidez de la mirada de Blades resulta vigente en 2025 así sus canciones viajen desde 1978 y un poco más atrás, como nos recuerda a manera de introducción en cada canción, como si más que un show estuviera exponiendo su discografía co una maestría poética.


Decisiones”, “Ligia Elena” y “María Lionza siguen en el setlist y en esta última, se dibuja uno de los rasgos definitivos de Rubén: “María Lionza” rinde homenaje a la figura de una diosa venezolana protectora de los ríos, una historia que pervivió a la conquista y la evangelización de todas las figuras mitológicas del país. Canta Blades: Desde el guajiro hasta Cumana / cuida el destino de los latinos, vivir unidos y en libertad,  y, en medio de goce, camina por el escenario e improvisa sobre la marcha: saca a Maduro ya del gobierno y dale al pueblo su libertad, y aparecen los gritos, las banderas y las lágrimas en el público. 


Foto por: Maria Alejandra Villamizar @mava.villamizar | Cortesía Festival Cordillera
Foto por: Maria Alejandra Villamizar @mava.villamizar | Cortesía Festival Cordillera

Bien es sabido que a Blades se le bautizó como el pionero de la salsa protesta o consciencia, porque en sus canciones las figuras de los malandros y los trabajadores se ofrecen como espejos para entender el efecto de la inequidad que recae en las vidas de las comunidades marginadas en los países latinoamericanos. No fue un adelantado a su época por escribir así, esa forma de leer el mundo es el resultado de ser hijo de sus padres, nieto de su abuela quien le enseñó a leer desde muy pequeño y, como ha señalado Blades en varias entrevistas, respondía a sus preguntas sin la condescendencia con la que se trata a los niños. 


Haber nacido en Panamá pulió también la punta de su lengua, porque en medio de la dictadura la mayor sentencia de muerte son las opiniones, las palabras, y para Rubén Blades estas jamás han sido un arma, sino una posibilidad. Desde esa orilla es que nace Hispania, el universo que acoge los personajes de sus canciones, sus historias y es, a la vez, el reflejo de su relación con la literatura en la que toda cotidianidad es una ficción en potencia. Así lo contó en entrevista con Diego Ortíz: “Poblar ese sitio de avatares, y de esa forma, no solamente desligarme un poco de la responsabilidad de los hechos reales que estaba diciendo a través de estos personajes, pero también, a la vez, la oportunidad de hacer lo que me diera la gana. Y lo mejor es que aún hay personajes que no han salido a la luz todavía”.


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De vuelta al romance, Blades hace una pausa cortísima para mencionar el año en el que se lanzó “Paula C” y no duda en asegurar que fue la canción que compuso la primera vez que se enamoró. 


Al setlist de canciones que Blades tenía preparadas para esta noche fría, con la plazoleta principal del Simón Bolívar a reventar en esta edición del Festival Cordillera, le siguen “Emigrantes”, “La Barricada” y “Todos Vuelven”. En esta última se posan sobre un firmamento de estrellas en la pantalla gigante de fondo, las fotografías de Gabo, Joe Arroyo, Patricia Teherán, Andrés Escobar, Egidio Cuadrado y Jairo Varela entre otros, como un homenaje póstumo a figuras que, nos recuerda que  “Todos vuelven a la tierra en que nacieron; al embrujo incomparable de su sol”. 


Foto por: Manuela Uribe @manu_uribe_foto |  Cortesía Festival Cordillera
Foto por: Manuela Uribe @manu_uribe_foto | Cortesía Festival Cordillera

Entre Fotografías (2025) y Buscando América (1983), los álbumes que contienen estas canciones, hay 41 años de distancia y la misma contundencia en el mensaje: yo no me fui porque sí, la situación me obligó / todos vuelven a la tierra en que nacieron, al embrujo incomparable de su sol. Todos vuelven al rincón de donde salieron, donde acaso floreció más de un amor. Blades habita un punto medio entre la verdad descarnada y la pulsión poética, es fácil y veraz la figura de cronista que se le ha asignado en la salsa, pero me gusta pensar que es, sobre todo, un escritor de cartas.

Sigo pensando en esa premisa en lo que canta “Amor y control”, “El Cantante” y “Maestra vida”. Antes de entregarse a esta última, fija el micrófono en la base y cuenta, con la tranquilidad que solamente entrega una vida en la que el corazón ha sido brújula, que “esta es una canción que significa para mí algo especial ahora que tengo 77 años, la escribí cuando tenía 32 y muchas cosas han pasado [...] Incluso gente mejor que yo me ha ayudado a estar donde estoy ahora. Y uno vive y uno aprende, uno comete errores, pero lo más importante es ser capaz de asumirlos y pedir perdón”. Y entonces canta: A tu escuela llegué sin entender por qué llegaba, en tus salones encuentro mil caminos y encrucijadas, y aprendo mucho y no aprendo nada. Maestra vida, camará, te da y te quita, te quita y te da.


Pocas cosas quedan por decir ante el desconcierto que trae consigo la honestidad de Rubén. Una especie de comunión se instala en ese escenario en el que bailamos, gritamos, lloramos y parece que un río de luciérnagas alumbran desde el público a ese hombre que encarna de la mejor forma el dicho de Lavoe que reza es chévere ser grande, pero es más grande ser chévere. 


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Ya a punto de acabarse el concierto, Rubén Blades ha desbordado la noche con su presencia y esa forma tan suya de habitar el escenario. Los movimientos que su cuerpo hace con una memoria muscular absoluta, como si su sabiduría se extendiera a cada uno de sus pasos: ir adelante, levantar la cabeza, acercar y alejar el micrófono de la boca. Ver hacia la orquesta, pedir que las luces se posen sobre ellos, mirar al director, contar y cantar; así, una canción tras otra. Llegar al frente y descolgar sus maracas panameñas para tocar, dejarlas ahí nuevamente con un cuidado milimétrico para que no se choquen y luego, seguir la fiesta.


Foto por: Milka Rodriguez @elsewhere.27 |  Cortesía Festival Cordillera
Foto por: Milka Rodriguez @elsewhere.27 |  Cortesía Festival Cordillera

Cada vez que menciona el año de publicación de las canciones, se cubre los ojos de la luz que lo enceguece y, sin ser “Pedro Navaja”, baja todo el tiempo la mano hasta su bolsillo como quien camina de la casa a la esquina, pero de extremo a extremo de la tarima.


Se conmueve, casi parece que le da pena ser el centro de atención porque ha decidido usar un pañuelo azul en el cuello que se cae, se corre y alguien viene varias veces para ajustarlo mientras él canta. “No sirvió el pañuelo”, dice entre risas y entonces cede el protagonismo a uno de sus compañeros, se va atrás y baila entre el bongó y las congas. Baila, siempre baila. Aún cierra los ojos y extiende la mano en el pecho como si el latido midiera el tiempo y la clave. Así termina la canción, hace una venia y se apagan las luces.


Foto por: Maria Alejandra Villamizar @mava.villamizar | Cortesía Festival Cordillera
Foto por: Maria Alejandra Villamizar @mava.villamizar | Cortesía Festival Cordillera

Nadie regresa tras los gritos de una multitud que clama otra, otra, otra. No entiendo muy bien por qué no puedo irme, ni qué es lo que estoy esperando. Trato de distraerme de esa pequeña angustia y pienso en las canciones que hicieron falta, en la necesidad de tener más tiempo para verlo y entiendo que ahí está la raíz de la quietud: quizás nos queden menos conciertos de los que quisiera poder contar. Diez si sumo los dedos de las dos manos, cinco si soy menos optimista, pero solo uno más bastaría para revivir la dicha y el milagro de ver a Rubén Blades en vivo. 


***


En un mundo descomunal y desalentador, parece casi un milagro ser testigos del inmenso corazón de Rubén Blades. Sus canciones son cartas abiertas, cartas blancas, cartas de derecho, de amparo, de cuenta y dibujan el círculo perfecto del jovencito que llamó un día a las oficinas de La Fania para trabajar en la música, pero solo encontró un lugar para llevar y traer la correspondencia. Lo demás es literatura.


Gracias, Rubén. Encontré en esa voz tuya un bendito refugio y en este concierto que fue una ceremonia, una nueva esperanza que me hace soñar. Creo en ti. Gracias. 

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