ARCANOS | 8. LA FUERZA: CRISTHIAN LOZANO
- Juan Bañol

- hace 5 días
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ARCANOS es un proyecto de periodismo narrativo que explora la relación entre el perfil periodístico y la simbología del tarot como herramienta de interpretación. En esta segunda entrega el vocalista de Vorágine y El Maquinista, Cristhian Lozano, encarna la carta de La Fuerza.

I. La bestia
Cristhian Lozano entró de espaldas al público. Se tomó unos segundos antes de que la banda soltara el primer acorde. La luz roja lo recortó contra el telón descubriendo una bandera de Palestina Libre que colgaba detrás como un recordatorio de que ese caos que estaba por desatarse también tenía principios. La primera nota no se oyó: se sintió. Y luego su voz: un gutural filoso, preciso, como una uña de gato, rasgando el aire que respirábamos.
En el centro del público, el mosh era una hoguera. Cada golpe de batería hacía saltar chispas; los cuerpos se empujaban como si fueran pistones furiosos y la música una inyección de gasolina . Yo me quedé paralizado, se me había olvidado cómo se veía la candela.
El lugar: una sala pequeña de San Felipe, un barrio al norte de Bogotá que durante los últimos años ha sido cuna del arte emergente de la capital. Esta se llenó de muchachitos entre los catorce y los diecinueve años: camisas negras, mochilas rayadas, pantalones anchos y un aroma a sudor adolescente que impregnaba todo el lugar. No había venta de alcohol, pero no hacía falta, todos venían sólo a ver a El Maquinista.
La banda se preocupa por tocar música rápida, agresiva, así como ellos se denominan: punk violento. Por su parte, Christian es un sujeto delgado, cuidadosamente vestido con una camiseta blanca y un pantalón negro con quiebre de plancha; pulcro, sin un pelo en la cabeza consecuencia de su enfermedad.
La simpleza en la vestimenta hace que sobresalga su única excentricidad a la hora de presentarse: en el escenario, cada vez que toca con El Maquinista, se deja ver con una flor que le cubre toda la cara, como una especie de antifaz. Esa noche escogió un crisantemo, una flor blanca que se abre en pétalos gruesos y numerosos, lo que le daba la apariencia de un demogorgon.

Después de la primera canción, la banda saludó sobre un silencio cabalgado por una distorsión de guitarra —son las cosas pequeñas las que transforman, acá no hay solo una persona: somos todos, todas y todes. Gracias por la sangre nueva —dijo Christian.
Durante unos segundos el público lo miró como quien presencia un ritual. Las poses de Cristhian eran contenidas y heroicas a la vez: una mano en alto, un paso atrás, la cabeza que se ladea como si escuchara algo que viene de otro lugar. En medio de las canciones, los silencios parecían respiraciones profundas antes de una inyección. La distorsión entraba como una aguja y el público estallaba otra vez: un remolino de manos, gritos y cabello húmedo. La audiencia se volvía loca con cada nota, algunos hacían crowd surfing, otros caían dentro del pogo y eran levantados de inmediato, todos se dejaban contagiar por esa ira inofensiva.
El frontman controlaba ese caos con una elegancia inesperada. Había algo en su postura, un leve giro de muñeca, un movimiento de puños que lo hacían ver como un domador de bestias. El ruido no lo vencía; él lo guiaba con una calma obstinada. Sin embargo, Cristhian cambiaba totalmente entre pausas, pasaba de una expresión iracunda a no mostrar agresividad alguna, cuando presentó quimeras, una canción que habla de amores que no caben en los moldes, su voz sonó menos feroz y más humana, como si por un instante se abriera una grieta para que entrara la ternura.
Entre la multitud, alguien gritó: –¡Se perdió un celular!–
El concierto se detuvo.
–No seguimos hasta que aparezca el teléfono, acá no se pierda nada– dijo Cristhian con el micrófono en la mano, sin aspavientos.
Fue una orden limpia, pero bastó. Inmediatamente el aparato reapareció y la sala entera continuó con sus labores sin que se perdiera un ápice de su ferocidad. La efervescencia de adolescentes cegados por el anonimato de una multitud y la permisividad del contacto físico hizo que el concierto nunca bajara el pulso. Pero la bestia también mostraba bondad, podías recibir una patada en el estómago dentro del mosh, pero una vez llegaba un intermedio, los chicos se abrazaban y descansaban juntos. La violencia que parecía no contenerse encontraba freno en la humanidad del otro, en la compasión por quien alivió en colectivo el dolor con El Maquinista.

La escena final de su show fue la que me descifró su carta: Cristhian se inclinó hacia adelante, como si dialogara con el fuego. Lo vi ahí, hincado hacia el león, respirando con él, no para dominarlo, sino para entender su ritmo. Él fue la calma que contuvo la tempestad, la ternura que guió a la bestia. No era una fuerza bruta la que mandaba, era la serenidad y la templanza que él desprendía.
En la carta de la Fuerza, la mujer apacigua a la bestia con ternura y firmeza, la ve como su semejante, no como alguien a quien subyugar; el león entiende esa relación, le saca su lengua y la lame, así da cuenta de que no tiene intención de morderla sino de dialogar con ella. Cristhian sabe que la rabia es necesaria, que convive con los individuos y debe ser encausada; las bestias no tienen la culpa de su instinto volátil, hace parte de su esencia. Por eso no la reprime: la mira, la escucha, la guía y entiende su diferencia. Su música surge de ese pacto, de la posibilidad de caminar junto al rugido sin dejarse devorar por él.

II. Templanza
Cristhian llegó a nuestro punto de encuentro en el Parkway con su perro Fugazi, que también es el nombre de una de sus bandas favoritas. Su vestimenta era otra vez impecable: un pantalón negro de corte alto, una chaqueta de jean a la medida y unos zapatos negros de cuero.
Nos sentamos en Amapola, la tienda donde suelo hacer mis entrevistas, y pedimos dos cervezas. Cristhian tiene 35 años, es el mayor de tres hermanos, es comunicador gráfico de profesión y trabaja como realizador audiovisual en la revista Rolling Stone. En 2012 fundó la banda Vorágine y en 2016, El Maquinista.
Vorágine es una banda introspectiva e instrumental, de atmósferas grandes, canciones sin letra de 10 minutos, y a pesar de que sea una banda de post metal y hardcore, procura ser más envolvente, sin tanto afán. Por su parte, El Maquinista mezcla influencias del punk, el black metal y el powerviolence. Tiene canciones más cortas y explosivas, es una patada a la pituitaria.

–Yo me crié en Suba Compartir; donde la rata se come al gato– dijo entre risas, refiriéndose al barrio de Bogotá en el que creció– para mí Suba significa muchas cosas porque fue el punto de partida de una forma de entender el mundo, sus complejidades–. En los barrios donde no llegaban los teatros ni los festivales, los toques autogestionados se convirtieron en espacios de encuentro y de posibilidad. Allí Cristhian aprendió que la música podía ser una herramienta política, no por lo que decía en sus letras, sino por lo que era capaz de provocar en la gente.
–Construir desde los barrios algo distinto de la mano de la música abre un montón de oportunidades culturales para la gente que vive allí, y eso solo se hace colectivizando las ideas– dijo. Para él tocar no era un acto de rebeldía individual, sino un modo de abrir caminos para los demás.
Cada concierto en Suba era una muestra fraternal. La autogestión no era una alternativa romántica ni filantrópica, sino la única opción: si no había escenarios, se inventaban; si no había público, se convocaba; si no había recursos, se conseguían entre todos. De esa práctica surgió su idea de hacer ruido, no como una manifestación de rabia ciega, sino como una manera de darle sentido político al acto de juntarse.

–Cristhian es un tipo que siempre ha estado vigente, se mantiene actualizado–, dice Eduardo Santos, bajista de Yo no la Tengo, banda contemporánea y amiga de El Maquinista. –Siempre ha estado en la escena, se preocupa por conocer nuevas bandas, va a los toques como un fan más, las recomienda y les ofrece su apoyo; él es el verdadero espíritu de la música independiente, por eso a los que lo conocemos nos duele de verdad lo que le pasó, porque sabemos lo que significa para el gremio–.
A finales de 2024, Cristhian Lozano fue diagnosticado con cáncer de ganglios linfáticos y ese día que nos encontramos en el Parkway, estaba a tan sólo dos semanas de su cuarta quimioterapia, un tratamiento agresivo que le revolcó la vida.
–Todo empezó a finales del año pasado con un dolor abdominal muy fuerte. En junio de 2024 me habían detectado una masa en el abdomen de la que dijeron que no me debía preocupar, pero cuando ya no soporté más el dolor, fui al médico y me tuvieron que hospitalizar de urgencia. La masa que en principio era de 55 mm había crecido en sólo unos meses a 122 mm, después de la ecografía, me confirmaron que era una masa 91% cancerígena–.
El médico tratante le ordenó una serie de siete quimioterapias de urgencia toda vez que a enero de 2025, su cáncer había avanzado a etapa 3. Sin embargo, la EPS no programó su tratamiento. Él y su familia se vieron obligados a presentar distintos recursos legales para que le fueran agendadas, asimismo, hicieron fuertes presiones por redes sociales –La gente que nos seguía, fue muy solidaria, nos ayudó mucho– mencionó.

La primera quimioterapia fue el 31 de marzo de 2025, consistía en sesiones de ocho horas por cuatro días seguidos. Allí, Cristhian recibía un cocktail químico extremadamente invasivo durante largos periodos de tiempo.
—El primer ciclo fue un choque corporal muy fuerte: se le cayó el pelo, se sentía muy débil— cuenta Daniela Sanabria, su pareja, quien acompañó a Cristhian en todo el tratamiento. “Me volví cuidadora. Cambié de trabajo dos veces para poder estar con él. Lo acompañaba a citas, nos mudamos juntos, me ocupaba de hidratarlo, trataba de hacerlo reír y mantener una rutina sana. Hubo días en los que me dijo que no quería seguir; fueron momentos muy difíciles”.
A medida que avanzaban las quimioterapias, los días se volvían más largos. Cristhian se incapacitó en su trabajo casi que permanentemente, empezó a contar el tiempo por ciclos de quimioterapia. Durante esos meses hubo momentos en los que pensó rendirse –Uno jamás se acostumbra al cansancio– dijo. Los efectos secundarios eran impredecibles: náuseas, fiebre, pérdida del apetito, insomnio. El cuerpo, que antes había sido una vigorosa herramienta en el escenario, ahora lo sentía ajeno, endeble, como papel mojado. No podía ensayar ni salir a la calle sin aturdirse o marearse.
En todo caso, el cáncer lo llevó a un terreno desconocido: la pausa, el silencio, la introspección. Hasta entonces, la fuerza que Cristhian desplegaba había sido física, con ira, llena de arrebato. Pero frente al cuerpo enfermo, esa idea se desmoronó.
En la carta de La Fuerza, la mujer reconoce al león como parte de sí, en ese gesto de hincarse ante él hay una aceptación radical: no hay sometimiento, hay armonía entre dos cuerpos. Así empezó a mirarse Cristhian, no como un cuerpo que debía sobreponerse, sino como un conjunto de pulsos contradictorios que necesitaban reconciliarse. La fuerza es la unión de lo consciente con lo instintivo, es el momento en que el ser deja de pelear consigo mismo.

En la sala donde recibía el tratamiento, había una frase escrita sobre la pared: “Un diagnóstico de cáncer no es una sentencia”. Al principio le sonó a consuelo vacío, una de esas frases diseñadas para llenar silencios. Pero paulatinamente, empezó a entenderla distinto: no como una frase de cajón, sino como un llamado al propósito.
II Infinito
El cáncer cambió el ritmo de su vida. Cristhian tuvo que reorganizar sus rutinas en función de las quimioterapias. Los días se dividían entre los tratamientos, el descanso y los chequeos médicos. Durante ese tiempo perdió peso, le costaba concentrarse y se sentía fatigado casi todo el día, pero aun así siguió componiendo y ensayando cuando el cuerpo se lo permitía.
–A veces sentía que todo estaba perdido. Pero siempre hubo alguien ahí, mi familia, Daniela, mis amigos. Yo no soy creyente, pero sí creo en la gente que te rodea, mi enfermedad me permitió acercarme más a ellos, fue un regalo terrible, pero un regalo al fin y al cabo– .
En medio de la enfermedad mantuvo el contacto con sus bandas, respondió mensajes de apoyo y se propuso componer nuevas canciones. —La música me ayudó a no quedarme quieto, me daba vida — afirmó.
Casi como si se tratara de una revancha del destino, este periodo fue también para él su mejor momento como artista hasta ahora. El 16 de abril de 2025, los miembros de El Maquinista se enteraron de que serían los teloneros en Bogotá de Touché Amoré, una leyenda del hardcore mundial. Gracias al concurso La Previa organizado por la productora Old Crows Inc., El Maquinista fue seleccionado para telonear el 4 de mayo el show de la agrupación californiana, era un sueño cumplido.
Sin embargo, la salud de Cristhian estaba más deteriorada que nunca: sus compañeros, la productora y el público se tuvieron que adecuar a la situación. No pudo hacer prueba de sonido, le recomendaron no acercarse a la gente, ni quitarse el tapabocas. La banda tuvo que presentarse con el temor de poder perjudicar a su vocalista.
Pero eso no fue excusa para dar un show de no olvidar, Cristhian salió a cantar con una gerbera roja en el rostro, El Maquinista arrasó y Touché Amoré lo invitó a cantar junto con ellos “And Now It’s Happening in Mine”, una canción que él tocaba con Vorágine desde hacía años y que quedó grabada en la memoria de todos los asistentes.
—Yo me sentí con 17 años otra vez, fue hermoso ver a Cris en su momento Lizzie McGuire— dice entre risas Daniela —Fue muy especial porque la mamá del vocalista murió de cáncer y él le compuso un álbum entero, sentimos ese concierto hasta bien adentro. La banda quedó encantada con El Maqui, les propusieron apoyo para una gira en Estados Unidos. Incluso, todavía nos escriben”.

Por otro lado, Yo No La Tengo, una banda amiga, había tenido también un gran año, se presentaron en el Estéreo Picnic y habían sido seleccionados para tocar en el Festival Rock al Parque 2025. Para todo músico de Bogotá, tocar en este último es el más grande logro, es ser partícipe de una de las muestras musicales más importantes de Latinoamérica y quedar en la historia de la ciudad como una de las bandas a las que no les quedó grande esa tribuna.
Según las políticas del festival, las bandas seleccionadas pueden invitar a un músico a tocar con ellos una canción. Yo No La Tengo no lo dudó e invitó a Cristhian a tocar a manera de homenaje. En menos de dos meses, Cris había cumplido dos de sus sueños, pero también iba para su segunda quimioterapia, la más dura de todas.
—Nosotros tenemos una canción que se llama “Todos vamos a morir”— dice Eduardo Santos de Yo No La Tengo y Cris pidió cantarla en Rock al Parque. —Es curioso cómo una canción que nosotros hicimos desde una postura tan valeverguista se convirtió en algo tan serio. Ver a tu amigo pasar por todo eso y saber que él sí ha mirado a la muerte de cerca, fue algo muy emotivo, hizo ese momento más especial—.
La gente cantó con él y lo aplaudió, se sintió invencible nuevamente. Pero después de semejante idilio, volvió a enfrentarse a su cuerpo. —El segundo ciclo de quimioterapias fue menos agresivo físicamente, pero me golpeó a nivel emocional— recuerda Cristhian —sufrí ataques de ansiedad, llanto constante y pensamientos intrusivos—.

Cristian dice que la voluntad germina en las personas a causa de un objetivo y él ya tenía el suyo. La enfermedad lo obligó a pensar en la vida con otro compás. Cada día podía ser el último, y ese pensamiento, lejos de entristecerlo, le dio una claridad que nunca había tenido. Comprendió que la vida no se sostiene en los grandes planes, sino en los gestos breves que la hacen habitable: La música, los amigos, Daniela, se volvieron su manera de permanecer.
En la carta de La Fuerza, sobre la cabeza de la mujer flota el signo del infinito. No representa poder ni victoria, sino la conciencia de que todo vuelve: el dolor, la calma, la vida misma. Esa idea acompañó a Cristhian en silencio durante los meses más duros, cuando aprendió a mirar su cuerpo y reconocerse dentro de un ciclo más grande que él. Supo que la fuerza no es una posesión, sino un tránsito: la posibilidad de sostenerse mientras todo cambia. Y en medio de esa transformación, mientras el mundo parecía más confuso, pensó en Daniela.

IV. Ternura
Es curioso que el programa de televisión favorito de un cantante de powerviolence sea La Hija del Mariachi, una novela cursi y ambientada entre rancheras y mariachis de la Bogotá de los 2000. Pero Cristhian Lozano la recuerda con cariño, sin un ápice de ironía. Le gustan las rancheras, las historias de amor exageradas y esa forma latinoamericana de llorar cantando. De ese culebrón tomó una escena: el momento en que Emiliano, el protagonista, le pide matrimonio Rosario con un anillo de dos mil pesos.
La primera vez que le propuso matrimonio a Daniela lo hizo así, en broma, repitiendo la escena de la novela. Estaban en la plaza principal de Villeta, un veraneadero templado en las faldas de la cordillera oriental y riéndose del gesto sellaron el trato, un compromiso anticipado en un momento en el que todavía eran amigos. Era un juego, pero uno serio, incluso cuando peleaban, Daniela no se ponía ese anillo negro de plástico. La segunda vez fue menos cómica, Cristhian acababa de terminar su segundo ciclo de quimioterapia. Tenía náuseas, el cuerpo débil, la mente nublada. En medio del mareo, tomó la mano de Daniela y le pidió que se casaran; el tema quedó allí. No hubo discurso ni anillo; sólo un acto motivado por alguien que se creía moribundo.
La tercera vez fue la definitiva. Cristhian lo planeó todo, volvieron a Villeta, al mismo lugar del primer gesto, y esta vez la escena se repitió con franqueza. Llevaba un anillo nuevo, sencillo, pero él estaba muy nervioso y descubrió sus intenciones. Daniela lo miró a los ojos y dijo que sí, nunca tuvo dudas; sin embargo, en medio de la euforia, los dos se dieron cuenta de que habían perdido sus celulares minutos antes y no tenían cómo registrar el momento. Ninguna foto, ningún video, sólo la certeza de querer estar junto al otro, de que no hacía falta nada más, sólo sus teléfonos.

El 22 de agosto, día del cumpleaños de Daniela, organizaron un concierto en La Mecánica para reunir fondos para el matrimonio, lo llamaron Demolition Lovers. Tocaron otras bandas como Yo No La Tengo, Gato e Monte, El Maquinista y Vorágine. Fue una noche cálida, caótica y hermosa. Las bandas tocaron gratis, los amigos armaron el sonido, otros se encargaron de la comida. La entrada costaba $25.000, un precio módico para su tan selecta clientela. Vendieron camisetas, fanzines y afiches. Todo fue autogestionado, como siempre en la vida de Cristhian: más un acto de comunidad que un concierto banal.
La carta de La Fuerza no anuncia la victoria ni la calma eterna. Es apenas un instante: el segundo en que la bestia respira al mismo ritmo que la mujer y deja de luchar. Representa la reconciliación entre lo que hiere y lo que sostiene. Cristhian no salió ileso, pero encontró algo más honesto: la medida exacta entre lo volátil y la quietud, entre el grito y el silencio. Su fuerza no fue el aguantar latigazos, sino aprender a habitar lo que duele sin perder su ternura.

Volví a ver a Cristhian en la Universidad Nacional un mes después, caminamos y charlamos durante varias horas. Su cuerpo había mejorado. Ya no estaba medicado, el pelo le estaba volviendo a crecer, había terminado las quimioterapias y los médicos redujeron las siete sesiones iniciales a cuatro. Su organismo reaccionó mejor de lo esperado. Aunque falta la tomografía final, todo indica que el tratamiento funcionó.
“Esta vez no vamos a tocar la campana, pero la próxima, después de la tomografía sí lo haremos” Le dijo el oncólogo a Cristhian en su última cita. Esa campana, que en el hospital simboliza el fin del cáncer, se convirtió en una promesa. Un tintineo suspendido que todavía no suena, pero que ya está anunciado.
*** El 18 de febrero de 2026, tras realizarse la tomografía de control y los exámenes posteriores, el oncólogo le confirmó a Cristhian que había superado el cáncer. Los resultados no evidenciaron presencia de la enfermedad.




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