Adiós a los Joker del Punk: así fue la despedida de The Adicts en Bogotá
- Sudakas

- hace 1 día
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Tras cinco décadas de actividad y transgresión desde el punk, la banda británica se despidió de Colombia en medio de una gira en la que comandados por el mítico Keith "Monkey" Warren, le dicen adiós a los caminos y geografías que han vibrado con su música y su particular manera de rebeldía.

La noche del martes 24 de marzo en el Lourdes Music Hall de Bogotá cargaba con una sensación particular. En el ambiente olía a cerveza, y a esa mezcla de nostalgia con adrenalina. A reencuentro que también es despedida. El recinto estalló en un rugido que no entiende de edades: desde los viejos soldados del punk con sus crestas ya encanecidas, hasta jóvenes que apenas descubren en el punk británico inspiración y rebeldía. Esta presencia intergeneracional confirmó que la devoción por la vieja guardia sigue más viva que nunca en una ciudad que adoptó a la banda como propia. Esta conexión no es gratuita.
Desde su formación en 1975, los de Ipswich se distanciaron del punk más sombrío para proponer una fiesta de colores y teatralidad. Pero lo que cargaba el aire esa noche era el peso de la historia: tras cinco décadas de trayectoria ininterrumpida, The Adicts llegaba a Bogotá como parte de su "Adiós Amigos Tour". No era una visita más; era la despedida definitiva de una banda que ha hecho del país una de sus paradas más fieles, forjando un vínculo de lealtad que convirtió a la capital colombiana en un bastión de su legado. Por eso cuando los primeros acordes rompieron el silencio, quedó claro para los amantes de su música que estaban ante el cierre de un ciclo vital para el punk mundial y local.
The Adicts irrumpió en el escenario y el delirio se desató. Monkey apareció con su característico maquillaje de clown y esa sonrisa que mezcla locura y frenesí, recordándonos que el espíritu punk se niega a envejecer. Clásicos como ‘Joker in the Pack’, ‘Steamroller’, ‘Johnny Was a Soldier’ y ‘Bad Boy’ se corearon con la garganta rota. Entre papeles de colores, globos y paraguas agitados al aire, la banda demostró por qué su show es pura teatralidad: un espectáculo donde la rabia se viste de fiesta y el rocanrol suena a celebración.

Monkey, siempre el mimo y el bufón rebelde, lanzó cartas al público y se detuvo a observar el caos con una sonrisa satisfecha, como quien contempla su obra maestra tras cinco décadas de perfeccionarla. El clímax llegó con ‘Viva La Revolution’, un pogo colectivo que escapaba del tiempo, seguido por la calma solemne de ‘You’ll Never Walk Alone’.
Lo que presenciamos fue el despliegue de una identidad que desafió al punk tradicional desde sus cimientos. Mientras el género a veces se ahogaba en nihilismo, The Adicts orquestó la estafa más inteligente de la historia: apropiarse de la estética de los "Droogs" de La Naranja Mecánica no para validarla, sino para subvertirla. Donde Kubrick puso control mental y violencia, Monkey puso confeti, serpentinas y canciones de amor. Fue una parodia visual que utilizó la ficción para incomodar una escena punk históricamente masculinizada y agreste.

Al fundir la imagen del Droog con la fragilidad del mimo, Monkey fracturó esa noche la rigidez del punk con una bofetada de color. Si bien su estética y versos como "¡Salgamos del clóset!" de la icónica Viva La Revolution alimentaron por décadas rumores sobre su sexualidad, su verdadera genialidad radicó en jugar con esa ambigüedad durante cincuenta años, permitiendo que el público especulara bajo su propia premisa: "¡que piensen lo que quieran!".
Esa postura no fue una burla, sino un acto de solidaridad que anoche cobró todo su sentido. En los 80, cuando la comunidad LGBT+ enfrentaba una persecución feroz, The Adicts convirtió su escenario de expresión colectiva. Por eso, ver a los asistentes conmoverse ante un artista que sostuvo esa bandera frente a entornos hostiles fue el acto más disruptivo. Así, Viva La Revolution dejó de ser solo resistencia política para ser un himno de visibilidad, probando que la verdadera rebelión es transformar la discriminación en respeto, solidaridad y resistencia.
Al apagarse las luces y disiparse el humo en Bogotá, el escenario quedó vacío, pero el corazón de los asistentes se llenó de esa melancolía dulce que solo el buen punk sabe provocar. Fue el cierre de un ciclo, un adiós a la altura de la leyenda, sellado con el último truco de los arlequines que nos enseñaron que la libertad siempre ha sido el derecho a existir sin pedir permiso.
Kelly es una entusiasta de la noche capitalina, la contracultura y la celebración. Síguela por aquí.





















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