ARCANOS | 15. EL DIABLO: GATO E' MONTE
- Juan Bañol

- 29 abr
- 16 Min. de lectura
ARCANOS es un proyecto de periodismo narrativo que explora la relación entre el perfil periodístico y la simbología del tarot como herramienta de interpretación. En esta tercera entrega el cantautor Gato E' Monte, encarna la carta de El Diablo.

El primer recuerdo de Gustavo Casallas en Pollo al Horno, el asadero que su familia fundó en 1984, fue cuando su tío le enseñó a salar la papa a los 7 años. “Nosotros ofrecemos papa sabanera, no como en las otras pollerías. Esta papa es carísima, es morada, la familia se da la pela para conseguirla en abastos. Por eso tiene que tratarla con cuidado, fijarse que no le queden grumos de sal y voltear suave la olla”, me dice Gato e’ Monte mientras se toma un jugo de mora y descansa de atender la caja del restaurante.
Por eso cuando Edson Velandia, un ícono de las nuevas músicas populares, quiso cantar
"Papa Sabanera" con él, la canción se volvió más especial, fue un acto de enraizamiento: uno de sus referentes musicales cantaba con él en el álbum que le dedicó a su familia, cantaban su primer recuerdo.
“Duro que me enseñaba, cómo ser buena papa, como la sabanera usted es la papa buena”. En la tradición latinoamericana, el Diablo nunca ha sido un personaje menor. No es únicamente la personificación del mal, el enemigo moral de la Iglesia: es pararrayos, maestro de la confusión, pero también guardián de la fiesta popular. Su figura, maldecida en los atriles y celebrada en fiestas y carnavales, encarna la paradoja: lo que se condena en el templo se exalta en la calle. El Diablo permite que lo prohibido se exprese, es un elogio a lo mundano; es el pretexto para que la gente se reconcilie con su sombra y transforme la culpa en celebración.
Ese Diablo, entendido como una expresión humana y no sólo divina, es una clave para leer la música de Gato e’ Monte. Su obra habita la ambivalencia diabólica: reconoce la maldad de la pobreza, de la violencia, y de la calle; para luego convertirlas en pregones y lamentos de un chiflamero. Gustavo se mueve en ese mismo territorio del Diablo que habita en estas tierras, lo político disfrazado de fiesta, lo pagano convertido en parábola, la tradición reencarnada y pateada hacia lo eterno.
En el tarot, la carta del Diablo dibuja una figura central imponente, mitad humana y mitad bestia, con cuernos y alas de murciélago. Se sienta sobre un trono oscuro, sosteniendo un cetro o antorcha invertida. A sus pies, una pareja desnuda permanece encadenada. Esta carta encarna lo que nos ata y lo que nos seduce: la tentación, la carne, lo prohibido. Pero también es una invitación: enseña que las cadenas que atan son flojas, que basta con mirarlas de frente para liberarse.
El Diablo permite que lo prohibido se exprese, es un elogio a lo mundano; es el pretexto para que la gente se reconcilie con su sombra y transforme la culpa en celebración.
I. Ataduras
Gato e Monte, o Gustavo cuando está en el restaurante, me citó un miércoles en el barrio Chicó de Bogotá, uno de los barrios más opulentos de la ciudad. Llegué temprano y lo esperé sentado en un bordillo de un edificio de oficinas. Jamás me imaginé que fuera este el primer lugar en donde nos encontraríamos, un escenario totalmente contrario a él. Gente encorbatada iba y venía, señoras con perrito salían a la misma hora y a pesar de ser las 5 de la tarde, no había ánimos de que las calles pararan su velocidad.
Lo vi llegar de lejos: Gato e’ Monte es un tipo bajo, de cuello grueso y espalda amplia, su mirada es dura y su quijada ancha. Cuando camina lo hace como si el andén le quedara angosto. Venía vestido con una chaqueta de jean, pantalón ancho y una cachucha de llamas azules, como si desde ya me estuviera mostrando su carta.
Nos saludamos y nos metimos en un bar, una especie de pub; nuevamente le conté mis pretensiones con este reportaje, pedimos una jarra de cerveza y le pregunté si quería comer algo. Gustavo asintió y le pidió a la mesera pollo...
-¿Este man no está cansado de comer pollo? pensé.
Hablar con Gato e’ Monte es ver a través de sus ojos al asadero de su familia en Bosa: Pollo al Horno, lugar donde todavía trabaja y comparte con su carrera musical. Sus abuelos son de Tolima y Cundinamarca, llegaron desplazados por la violencia al barrio Las Ferias, Gustavo es la radiografía viva de muchas familias bogotanas que migraron a la ciudad en búsqueda de un mejor futuro.
–Mis raíces están en Pollo al Horno– dijo. Mientras otros músicos reclaman pueblos o montañas, él se planta en el asadero que partió la historia de su familia: Un día su tío el contador, cliente número uno de la Surtidora de Aves de la 22, decidió dejar la oficina por las brasas y convirtió su apellido en sinónimo de sabor y alimento en Bosa.
La vena política del apellido Casallas, quizás pueda rastrearse en su abuelo. Don Rubén fue líder sindical de Postobón, dignidad que lo llevó a viajar a la Bulgaria comunista para aprender de las lógicas proletarias, pero que, como él lo confiesa, terminó más cautivado por el vodka y la vida bohemia. Su abuelo prefirió algo más simple, el exilio lo hizo sentir más como un zek de un GULAG soviético que como un urdánik.
En la carta del Diablo, las cadenas parecen inquebrantables, pero basta mirarlas de cerca para notar que los encadenados podrían soltarse en cualquier momento y, al parecer, los Casallas no entienden de verticalidades ni de jerarquías almidonadas.
—Yo siempre tuve más tendencia a lo horizontal, al anarquismo— me confesó. No lo decía con solemnidad, sino como quien recuerda una travesura adolescente. Esa vena rebelde se formó en el colegio Claretiano de Bosa, atravesado por la Teología de la Liberación, donde la pastoral le hablaba de justicia social y la música llegaba disfrazada de flauta dulce. Hasta que un día un profesor paisa, metalero, lo puso a sacar punteos de Ekhymosis y desde ahí, Gato quedó atrapado.
–En el barrio había mucho parche de metaleros y yo me movía entre toda esa gente, también escuchaba mucho reggae, rap, música de moda. Pero había una presión fuerte de tener que etiquetarse: si eras metalero, solo metal; si eras punkero, solo punk. Eso cerraba puertas a otra música. Con el tiempo, uno rompe esas etiquetas. Ya no me interesa si es punk, rap o música tradicional: lo que importa es lo que genera.
Al principio Gustavo quería ser baterista. En las novenas familiares armaba una batería con ollas para tocar con sus primos. Pero su papá que había sido carpintero y sabía de la resonancia de la madera le dijo –“Batería, ni de riesgo. Le compró una guitarra y ya— y así, terminó con un instrumento de base en sus manos.
La música, entonces, apareció como conjuro. La adolescencia lo llevó a los toques y los parches y con ellos, se sumergía en las ideas políticas. Pero la rutina panfletaria pronto se volvió insuficiente. Con los años se dio cuenta de que a pesar de que la música siempre estuvo atravesada por la violencia y la sociedad en que crecimos, no había razón para reproducirla
Ya no me interesa si es punk, rap o música tradicional: lo que importa es lo que genera.
—En Bogotá, durante mucho tiempo, la escena estuvo marcada por peleas: punkeros contra metaleros, barristas contra barristas. A veces parecía que uno tenía que “defender” la música con cuchillo en mano. Eso te obliga a cuestionarte de dónde viene esa violencia y hacia dónde te puede llevar— me cuenta.
Pero mientras todo eso pasaba, hay algo que nunca cambió. Gustavo soñó primero con el fútbol, Millonarios fue su primer amor, la camiseta azul su verdadera piel. Su padre lo llevaba al estadio, y su recuerdo más nítido de la infancia es un gol de Carlos Castro al Junior. Jugaba de diez en los potreros, pero el nivel del barrio era cruel: siempre aparecía un pelado que armaba el equipo solo y le recordaba sus límites. —Me tocó buscar otra cosa—dijo.
Al graduarse del colegio, entró a estudiar sociología en el Externado, allí pulió su criterio político, pero también se enamoró de otros ritmos: empezó a escuchar vallenato, cumbia, música andina. Le parecieron mucho más vivos que el rock. El rock se había vuelto pose, estaba estancado. En cambio, esas nuevas viejas músicas tenían vida, hablaban de la realidad.
—Descubrí que un porro tenía tanta fuerza política como una canción punk.
Para él, la política está en la fiesta popular: en la gente que, tras una semana de explotación laboral, se reúne a cantar, bailar y olvidarse por unas horas del dolor. Esa intuición guía toda su obra: hacer de lo cotidiano una declaración política.

Felipe Orjuela, músico bogotano y autor junto a Gustavo del disco “La Dosis Máxima” lo define con una palabra: honestidad. “No es música simple, es música honesta", afirma mientras recuerda las sesiones en que Gato mandaba notas de voz a las siete de la mañana, porque a las nueve entraba a trabajar al asadero.
La honestidad es clave en Gustavo, tanto en lo musical como en lo personal. Él valora la coherencia entre sus visiones políticas, su vida y su música; eso lo hace terco y a la vez profundo. Su familia y el barrio son parte de esa raíz y de su forma de estar en la ciudad, lo que explica por qué toca en la calle, en la tienda, y por qué prefiere la cercanía a la espectacularidad vacía. Lo del Gato es una decisión empapada de dignidad: cantar como quien habla en la esquina.
El Diablo, nunca se levantó de la conversación. Entre cada anécdota de fútbol, pollo y rumba, emergía la misma lección: lo pagano también es memoria, la fiesta popular también es rebeldía. Gato e’ Monte no viene de un templo ni de un laboratorio académico: viene de Pollo al Horno, de la música tropical que se posó en los pies de su familia. Y desde ese lugar habla: con honestidad, con ironía, con la certeza de que el barrio no es un lastre, ni un grillete, es más bien una cadena floja.

II. Confusión
El Teatro Colón es un templo del arte nacional. Sus lámparas doradas y sus butacas de terciopelo rojo parecen pensadas para la ópera, no para “El tejo de don Teo”. Pero esa noche del 10 de septiembre de 2025, Gato e’ Monte apareció con chaqueta de cuero y la misma gorra azul con llamas. En las pantallas se proyectaban visuales de señoras, de pollerías, de barrios que pocas veces entran a ese espacio sacro. El Diablo se trepó a un nuevo púlpito.
La presentación hacía parte del Bogotá Music Market (BOmm), una vitrina para artistas, programadores y empresarios orquestada por la Cámara de Comercio de Bogotá. Gato lo sabía y lo nombró en tarima con humor: "Estamos tocando para ustedes… también". El comentario arrancó risas, pero escondía una tensión: ¿qué ocurre cuando la música del barrio entra en un escenario patrimonial? ¿Se vuelve espectáculo exótico o se reafirma como tradición viva?
Gato e’ Monte llegó a la música tradicional por un camino torcido, con el tiempo descubrió que las músicas de su infancia: la cumbia, los porros, los boleros, la música arrabalera, tenían un poder que iba más allá de acompañar la bebida y el combite. Decidió entonces sumergirse en el corazón de esas sonoridades: viajó a Maní, Casanare, donde aprendió bandola directamente de los tocadores tradicionales. Allí comprendió que los músicos del llano no eran académicos ni estrellas, sino jornaleros que animaban parrandas y fiestas, cargando en sus manos un saber transmitido por generaciones.
De esas experiencias nació una búsqueda más profunda por recuperar afinaciones y sonoridades que habían caído en el olvido. Gato no quería quedarse en la imitación, sino inventar un camino propio dentro de la tradición. Fue así como construyó el chiflamero, un instrumento híbrido con cuerdas de nylon, mezcla de tiple y bandola, inspirado en la leona jarocha de Veracruz y en los versos tristes de los chiflamicas bogotanos: músicos arruinados que tocaban por monedas.
El chiflamero, con su carácter melódico y a la vez grave que recuerda un bajo acústico, se convirtió en su marca distintiva: un instrumento nacido de la experimentación, pero anclado en la raíz campesina. En sus manos, ese sonido dialogaba con el bajo urbano y la velocidad de los punteos llaneros, componiendo una sonoridad particular que algunos inescrupulosos etiquetaron como neo joropo, categoría que él rechaza por considerarla negacionista de la tradición.
El nombre Gato e’ Monte también tiene raíz en el llano. Durante su investigación conoció a un hombre que le contó cómo, estando al borde de la muerte después de una faena llanera, fue salvado por un gato de monte que lo mantuvo ubicado y alerta. La anécdota lo marcó al punto de adoptarla como seudónimo: quería un nombre que remitiera a lo salvaje. Ese gato de monte se convirtió en metáfora de su propia música: un instinto que lo saca del extravío urbano para devolverlo a la raíz popular, que le evita caer en la confusión maligna.
Felipe Orjuela, que esa noche del Teatro Colón tocó guacharaca en la mítica canción “Cumbia Fumanchera”, lo recuerda como un momento extraño y emocionante “La tradición estaba viva, pero la estaban observando con lupa”. Yeison Perilla, miembro del proyecto Gato e’ Monte y compañero de composición de Gustavo, ofrece otra lectura “El territorio mismo determina cómo debe sonar. No son calcos ni exotización. Es mantener vivo un folklore que es producto de lo humano”.
Esa noche el Colón se transformó. Entre carrangas y cumbias, entre visuales de pollo asado y riffs de chiflamero, la solemnidad del teatro se vio obligada a ceder. Lo que pudo ser espectáculo para la industria se convirtió en misa profana. El Diablo no destruyó el templo, pero sí movió sus cimientos
Sin embargo, Gustavo nunca estuvo cómodo del todo. El concierto fue corto y desde una tarima elevada vio cómo su presentación marcó distancia de sus comensales, los empresarios no entienden de sentimiento ni de bocados de barrio. Gato e’ Monte tocó “La Turba”, “Arepa Ocañera”, “Burdos” y “Tu Sombra” y se despidió del escenario cuestionando al denominado latín club, el ritmo de moda del que se habló en todo el BOmm.
En una imagen poderosa, Gato empuñó el chiflamero con su siniestra y saludó hacia uno de los palcos con devoción y gratitud. Allí estaba su familia, la mitad de Pollo al Horno lo vio salir aplaudido de una plaza engreída que hasta ahora llegaban a conocer: su tía, su madre, su hermano y sus primos vieron orgullosos a Gustavito, al mismo muchacho con el que comparten sangre, trabajo, sueños y temores.
Santiago Álvarez, su manager y cofundador del Sello Incorrecto, recuerda esa escena con una mezcla de asombro y cariño. Dice que conoció Bosa gracias a las canciones de Gato, y que detrás de la alegría aparente había otra cosa. “Su actitud desmedida y fiestera era más evasiva que hedonista”, me dijo. Quizá por eso, incluso en el escenario del Colón, su música parecía más un conjuro que un espectáculo. Tocaba como quien espanta una sombra, no como quien la celebra.

Tal vez lo ocurrido en el Colón no fue sólo un concierto, sino una confusión compartida: el Diablo disfrazado de música tradicional, Gustavo reducido a minino empresarial, el teatro disfrazado de templo popular. Nadie salió ileso. Ni el público, ni la industria, ni la propia tradición. Ello no fue derrota ni triunfo, sino la certeza de que la confusión estaba sembrada: el teatro ya había sido minado con guasca, Gato ya había dejado al Demonio instalado en el templo sacro.
III. Tentación
Cuando terminó el concierto, me acerqué a felicitarlo. Gustavo fue amable, antes se tomó fotos con algunos seguidores y después de agradecerme por venir me dijo –ahora nos tomamos alguito–, yo accedí y me dispuse a esperarlo.
A las afueras del teatro me encontré a Miguel Velásquez, bajista de La Muchacha y de El Kalvo, quien también tocó esa tarde. Estaba con Mayra Sánchez, cantautora valluna. Me la presentó y hablamos un buen rato de música, de cartas, de esos otros temas que se cruzan en las conversaciones cuando la noche avanza sin protocolo. Miguel me dijo que al igual que yo, había quedado con Gustavo para tomarse algo, que iba a recoger su contrabajo y caía más tarde. La velada tenía un rumbo claro: iba a terminar en la calle.
Gustavo me escribió poco después. La cita era en las escaleras de la Biblioteca Luis Ángel Arango, un par de cuadras al norte del Teatro Colón. Allí estaba con su hermano y varios amigos, ya habían comprado varias cervezas y dos botellas de ron. Si de algo me había servido estudiar al Gato antes de nuestros encuentros, fue para saber que era un fiestero serio y comprometido, y ahora yo estaba entrando en sus terrenos.
En la leyenda llanera de Florentino y el Diablo, Florentino soporta al Demonio que lo intenta confundir y atemorizar con sus versos, lo extiende hasta el amanecer, porque todos saben que el Diablo no soporta la luz. Gustavo lo aplica perfectamente en sus faenas, coquetea con los males y sus mieles hasta ver el sol, vence a el viruñas jugando en su juego, enredando al enredador, aguantando ante las ataduras, pero de esa batalla no siempre sale bien librado, como lo dice una de sus canciones: una vez terminó en Funza.
Hablamos unos minutos, y de repente, en la parte alta de las escaleras, apareció Miguel con el contrabajo y Yeison con la guitarra. Gato me dijo –Espere que me requieren– y salió corriendo hacia arriba con su chiflamero. La música empezó a sonar de inmediato, canciones de tienda que convertían los escalones en tarima improvisada.
–La verdad estuve en el Bogotá Music Market y nadie me contrató–, soltó Gustavo entre risas en medio de una pausa. No lo dijo con amargura, sino con la naturalidad de quien entiende que ese mercado no está hecho para él. La confesión, lanzada después de tocar en uno de los escenarios más importantes del país, tenía algo de ironía. Allí estaban, recién bajados del evento de la industria, tocando en la calle, sin contratos ni promesas.
Fue entonces cuando pasó un señor mayor, borracho y con ganas de seguirla. Se detuvo sorprendido, se presentó como productor y les dijo —Ustedes son de los carrangueros buenos… ¿no les gustaría ser famosos?—.
La escena se congeló por un instante, pero en seguida estallaron las risas. No eran carcajadas de modestia, ni la respuesta cómoda de músicos que se dicen felices tocando en una esquina. La risa venía de otro lado: de la ironía, de la contradicción absurda. Acababan de salir del Colón, templo mayor de la cultura nacional, y allí, en las escaleras, un desconocido les ofrecía la fama como si fuera un tesoro inalcanzable. El teatro no les había dado nada, la industria tampoco. La fama, en ese momento, no significaba más que un mal chiste.
Siguieron tocando. Sonó “La boquitrompona” y “Arreglá pa qué te vas”. Las canciones subían y bajaban de volumen como un pulso natural, un juego que no necesitaba de micrófonos ni aplausos formales. Poco después llegó Isabel, La Muchacha, artista manizalita con la que Gustavo ha colaborado en múltiples oportunidades. Saludó a todos y se unió a la compinchería, lo que había empezado como un remate se convirtió en un concierto de artistas de élite, sin dueño, sin escenario, con todo lo demás.
La noche se fue gastando con la misma sencillez con la que había comenzado: música, amigos, bebida, risas. Nadie tomó fotos oficiales, nadie levantó ni un contrato, nadie hizo “rueda de negocios” . El verdadero final del concierto no fue en el Teatro Colón, sino estas escaleras donde todo se redujo a lo básico: cantar juntos, tocar por gusto, beber con amigos.
Santiago Álvarez, siempre dice que apagar a Yeison y a Gustavo en una fiesta es imposible “Tienen un repertorio infinito”. Lo dice riendo, pero también con respeto “Ellos son músicos de otra época, disfrutan sólo el acto de tocar, no necesitan grandes equipos para hacer lo que los hace felices”.
Yo me fui antes de que todo acabara, seguro de que el Diablo había rondado toda la noche: en la solemnidad del teatro, en el alma vacía de los negociantes, en lo absurdo de la promesa de fama. Sin embargo, Gustavo logró domarlo, no con un enfrentamiento sobrehumano, sino con un gesto honesto: quedarse en la calle, con los suyos, tocando libre. Gato e’ Monte jugó con el diablo, con su magia, su picardía y su poder.

IV. Lo mundano
Pollo al Horno no es un escenario ni un estudio de grabación. Es un centro de trabajo con horarios, decisiones pequeñas y consecuencias inmediatas: un pedido atrasado, un cliente que se impacienta, mantener el lugar limpio. Cuando lo visité en Bosa, Gustavo estaba allí donde siempre estuvo, no era el mismo personaje que vi en el Teatro Colón, esta vez era el hombre detrás de la caja de una pollería, el hombre que conocía el oficio que ha sido de su familia por 40 años.
Contar a Pollo al Horno exige renunciar a la escena épica, hay que aceptar la repetición y la calma del gesto monótono. Es un lugar hondo, de paredes pardas, con un letrero rojo a la entrada y una barra metálica que separa el mostrador de la cocina. El lugar en sus inicios fue más una cantina, vendía cerveza, pero a medida que la noche le llegaba a la clientela, su tío empezaba a cocinar y ofrecía su receta de pollo. El negocio creció y se volvió centro familiar, sin embargo, el Gato nunca trabajó de lleno allí, su paso era más bien esporádico hasta que dejó la universidad y ese trabajo le sirvió para costear sus viajes de investigación.
Volver a trabajar en la pollería, según Gustavo, fue un gesto consciente: no una renuncia ni una vergüenza, sino una estrategia. Trabajar en el asadero fue, en parte, una defensa contra la exotización. Cuando lanzó Gurbia, su primer disco, el trabajo fue un éxito total entre los chapinerunos y los teusaquistócratas; a la gente le encantó y le pareció extremadamente pintoresco un man de Bosa que vende pollo, toque la bandola y cante sobre Millos. Así Gustavo decidió rechazar esa mirada reduccionista reservando el modo y las palabras para quien comparte su mesa. "Durante la pandemia y después de la muerte de mi tío, me propuse hacer un disco para mi familia, para la pollería: quería hablarle a mi lugar, a mi gente, en vez de sólo gustarle al circuito independiente del norte de la ciudad, allí nació “el Talante de la Noche”.
En la carta, el Diablo aparece en cuclillas, pegado al suelo, con las tripas casi tocando el piso. Esta postura acerca el cuerpo a la tierra y articula lo físico con lo elemental, con la raíz. Gustavo está en una variante humana de esa imagen: la elección de no abandonar la cocina es un acto de enraizamiento, "en vez de alejarme, con el tiempo me metía más", recuerda. No es la retórica del retorno al pueblo, ni el gesto romántico de quien se reinventa como algo “auténtico”; lo del Gato es una puesta en práctica, un acto honesto: la presencia diaria, la manutención de un equipamiento familiar, el respeto por la memoria obrera que sostiene el barrio.
La estética de su instrumento también nace de ese enraizamiento: el chiflamero aparece como respuesta a una necesidad concreta: recuperar afinaciones, sonar de un modo que recuerde lo popular y como rechazo a las etiquetas que colonizan la tradición. Gustavo lo toca con naturalidad, lo construyó para tocar lo que se canta en las tiendas, no para la vitrina. Es la misma lógica que lo trae de vuelta al asadero: no quiere ser fetiche, quiere ser miembro activo de una comunidad que se cuenta a sí misma.
–La música tradicional no necesita ser rescatada, nosotros sí. Es una ventana al pasado, es lo que nos une con la historia—dice.

Pollo al Horno fue un encuentro sin liturgia; no hubo poses, ni público, ni deseo de impresionar. En ese simple restaurante se ve todo del Gato: la supervivencia económica, la labor que sostiene la espera y el sudor, la condición de quien se niega a que su vida sea reducida a un comentario. El gesto de quedarse en la pollería, trabajar, cantar, contar la familia, es la manera más clara que Gustavo encontró para burlar la reducción que pretende convertir su música en espectáculo y su origen en algo extravagante.
Gato e’ Monte ensaya un modo de vida que niega la glorificación distante y afirma la memoria cerca, en carne y hueso. En ese acto de quedarse, de habitar lo profano, reside una forma de libertad que no exige escenarios.
La vida de Gustavo se ha ido organizando alrededor de Pollo al Horno. Ya no necesita el brillo de los focos ni la atención de los festivales; encontró en este espacio una manera tranquila de sostenerse, de cuidar lo propio. Lo veo moverse entre la cocina y la barra con la misma concentración con la que afina el chiflamero en un concierto, el mismo gesto, la misma calma. En ese trabajo cotidiano, sin estridencias, hay algo definitivo: Gustavo encontró su rebeldía escarbando en su propia historia.

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